La riqueza de la lengua está en su diversidad lexical, lo que en modo alguno significa obviar normas regulatorias. Pero esa diversidad, que matiza su carácter cultural, ha tenido, para ser tolerada, al menos en el caso del español de América, que superar grandes barreras sociales, políticas y económicas. Los conquistadores resistieron, como seudopuristas que pululan por los predios de la prensa, los signos orales que utilizaban los colonizados para describir objetos. Sólo Juan de Castellanos comprendió, en su Elegía de varones ilustres de Indias, que el español de entonces era insuficiente para nombrar el mundo americano, porque, a pesar de su madurez expresiva, no tenía palabras para los árboles, los pájaros, los climas, los frutos, los utensilios, las indumentarias, las culturas nativas. Ceiba, hamaca, huracán, manglar, guanábana, canoa, coca, bohío eran objetos que los españoles designaban con otras palabras, pero que terminaron por aceptar como aporte de América. Lo mismo suele pasar con algunos idiolectos, como sería el caso de resolutar, cuando adquieren carta de ciudadanía a través de su generalización. Que se hable de resolutar en lugar de resolver no es para protestar ni ruborizarse, sino para apreciar la necesidad que tienen conglomerados de encontrar vías más expeditas para transmitir mensajes. Cuando se habla de tumbe nadie lo asocia con derribar o echar al suelo sino con una de las modalidades de engaño del narcotráfico. Muchas palabras, molote, por ejemplo, no figuran en el Diccionario, pero se sabe lo que significan. Los neologismos facilitan la comunicación. Las lenguas que no se han sometido a ese proceso han desaparecido o luchan por sobrevivir. El problema no está en lo normativo o gramatical, por más necesario que sea en la transmisión de ideas, sino en el sesgo más distintivo de la diversidad que son las variables lexicales. Y la tolerancia
