Opinión

A rajatabla

A rajatabla

La historia  terminó por donde debió comenzar,  un ejercicio dialogante  que  concilió lo ideal con lo posible, como ha ocurrido con las instrucciones dadas por el presidente Leonel Fernández para que  el aumento consignado a la educación en el Presupuesto Nacional de 2011, se aumente de  5 mil 400 a 10 mil millones de pesos.

Un movimiento como el de las sombrillas amarillas, que  ha tenido como mérito el de convertirse en la primera iniciativa cívica que impulsa un reclamo  a favor de la educación o la cultura, devino en una contaminación de intereses  políticos, mediáticos y corporativos, cuyos mentores, más que el cuatro por ciento, reclamaban la cabeza del Presidente.

Del lado del Gobierno hubo un tratamiento inadecuado a ese reclamo, irracional, pero ascendente,    que en vez de ser  abordado con  “con razón, con ventaja y sin sobrepasarse” fue enfrentado con  cierto dejo de prepotencia o petulancia, que en vez de agua agregó combustible al fuego.

Dije y lo repito que el presidente Fernández  simpatizó desde un principio con  las sombrillas amarillas, pero  nunca  se  creyó convencido de que  la  fórmula infalible habría de ser a más dinero mejor educación, por lo que  sugirió que  se agregara un ejercicio reflexivo sobre la calidad.

Poderes fácticos, cuyos  líderes o representantes  conocen muy bien  del interés del Presidente por impulsar  la educación, procuraron  presentarlo como un gobernante  insensible al tema de la escolaridad.

Dirigentes de  Coalición por una Educación Digna,  sostuvieron el miércoles un encuentro  definido como  armonioso y abierto con el Presidente, durante el cual se anunció  el incremento  de diez mil millones de pesos  en la asignación presupuestal a la educación, así como la convocatoria de un foro para  consensuar un  aumento gradual hasta llegar al 5.5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

Nadie con juicio se opone al reclamo de un  4% del PIB para la educación, pero no se puede pretender que  se  consignen 40 mil millones adicionales, cuando el 70% de los ingresos  cubrirá servicios de la deuda externa, salarios y transferencias al Banco Central y  al sector eléctrico.

Cuando se vincule recursos con calidad de la enseñanza, la ciudadanía y los actores  del sector educativo podrán explorar múltiples posibilidades para  impulsar una  auténtica revolución educativa, cuyo financiamiento se sustente, como  en las naciones del primer mundo, en una justa presión tributaria.

Con  el anuncio de un razonable incremento  de la partida a educación y su  compromiso personal de   convocar a la comunidad educativa para fijar como meta el 5.5% del PIB,  Fernández ha logrado  evadir el cerco  que le tendieron sectores  que usaron  la campana del 4% como chinchorro para intentar atrapar a tan preciada presa. Dirán que otro día será.

El Nacional

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