Sin poder entender las causas de la resurrección política de Hipólito Mejía, la dirección hegemónica del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) intenta devolverlo a su sarcófago mediante el ejercicio de una oposición delirante basada en excentricidades, como postular que la estabilidad económica se sienta sobre dinero del narcotráfico y que la nación marcha manga por hombro, al borde de la dictadura.
No se niega que el lavado de activos provenientes de actividades ilícitas infecta en menor o mayor medida a economías grandes y pequeñas, pero de ahí a decir que la estabilidad macroeconómica se debe exclusivamente a los capitales del narco es una exageración, una temeridad y un acto de irresponsabilidad política.
Mejía ha resucitado al interior del PRD porque el actual presidente de ese partido levantó su endeble liderazgo sobre el pantanoso terreno del desastre que significo el último gobierno perredeista, sin sustentarlo en un andamiaje teórico que lo pudiera sujetar con la realidad de hoy.
Erróneamente, el ingeniero Miguel Vargas Maldonado cree que su pronunciada caída en las encuestas se debe a que ha sido blando frente al gobierno y que, por el contrario, Mejía revivió porque su discurso representa al perredeismo combativo y anárquico.
Intentar parecerse a Hipólito es un absurdo. Hipólito representa un estilo de ejercicio y visión política basada en el paternalismo ortodoxo sin conexión con ninguna de las corrientes modernas del pensamiento económico o social.
La tesis de que el crecimiento de la economía ha sido artificial y de que la estabilidad de sus indicadores básicos se sostiene en el narcotráfico no solo es ridícula, sino también insultante para un aparato productivo al que implícitamente se le asocia al lavado de dinero.
¿Cómo decir que el aporte del turismo, agropecuaria, minería, telecomunicaciones y banca al Producto Interno Bruto (PIB) se debe a un desbordante ingreso de capitales del narco? Si así fuera, la economía de México no hubiera decrecido, pues su torrente financiero recibe miles de millones de dólares y euros provenientes de la droga, ni se hubiese producido el crack bancario del 2003, pues en ese tiempo no operaban los controles de hoy.
Sin negar que, como en cualquier lugar, dinero del narco intenta y a veces logra permear segmentos de la economía, constituye una irresponsabilidad mayor insinuar que el crecimiento empresarial ha estado vinculado al lavado de dinero.
Con declaraciones tan estrambóticas como esa y como la de que el país anda manga por hombro, al borde de la dictadura, el grupo hegemónico del PRD, en vez de retornar al extinto a su sarcófago, cava una profunda tumba política para su propio líder. Después de todo, Hipólito no estaba muerto, estaba de parranda.

