Opinión

A RAJATABLA

A RAJATABLA

Sin que nadie se lo preguntara, don Hipólito Mejía proclamó ante  generales retirados que  la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo tuvo  cosas buenas que  deberían  aplicarse ahora,  50 años después de decapitada. Entre  esas bondades,  citó el servicio militar obligatorio, además de advertir que  ausculta  ese período de la historia nacional sin la patología de la libertad.

Posiblemente no quiso decir lo que dijo, aunque  se mostró  dispuesto a obligar a los jóvenes al entrenamiento militar si llegara a ocupar de nuevo la presidencia de la República, pero la verdad es que  las  presentes generaciones  no saben o imaginan cuán monstruosa fue la época de Trujillo.

Según el diccionario de la Real Academia,  Patología es: “parte de la medicina que estudia las enfermedades” y “conjunto de síntomas de una enfermedad”, por lo que no creo que Hipólito quiso asociar  el término libertad con algún tipo de enfermedad o infección.

Dado que don Hipólito es candidato presidencial del PRD, creo  pertinente referir aquí algunas reflexiones sobre el tema hechas por el fundador de ese partido, don Juan Bosch, quien  sostuvo que la mentada  paz trujillista  se sustentó en el terror, que el tirano usó de manera  despiadada e implacable.

Bosch resalta la obsesión de Trujillo por acumular riquezas, al punto que  impuso que cada empleado público entregara el 10% de su sueldo al Partido Dominicano, que llegó a  acumular tanto dinero que   le prestaba  recursos al Gobierno. Se adueñó de la sal de Neyba, de la Tabacalera, obligó a los servidores públicos a asegurarse en la monopólica  Seguros San Rafael, y ya para 1950 era prácticamente el dueño del país, pues poseía el 63% de la industria azucarera, el 66% de la de cemento, el 71% de la cigarrarillera, el 68% de la fábrica de harina y el 10% de  todas las tierras.

Según Bosch, Trujillo se convirtió en un burgués y se  benefició  sin  usar a los políticos como intermediarios, por lo que  tuvo  absoluto control sobre  las actividades económicas, incluidas fábricas de baterías, de botellas, de ron, pasteurizadoras.

Fue en la condición de un próspero empresario que el tirano emprendió la tarea de liquidar   la deuda externa, no sin antes declarar una moratoria aceptada por Estados Unidos que le permitió  incrementar aún más su riqueza personal.

 La paz  de que tanto se habla durante la Era de Trujillo fue sustentada  en un terror, en virtud del cual  todo aquel que disentía del régimen  era asesinado, encarcelado o  despojado de sus bienes. Trujillo era el Estado y el Estado era Trujillo,   apunta Bosch: “En su régimen todo se confundió con su persona, al grado que resulta  muy difícil  distinguir  cuáles de sus hechos  violentos eran productos de la naturaleza de sus empresas y cuáles eran  productos de su método de gobernar”. Don Hipólito debería olvidarse de Trujillo.

El Nacional

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