Hoguera inquisidora
La ley carece de significación en una sociedad donde cada quien aboga para que se le aplique al otro y se le declare exento de su alcance, al tiempo que se le conceda el derecho exclusivo a lapidar reputaciones y guardar la propia en recipiente perfumado, aunque esté tan gangrenada como cadáver putrefacto.
Aquí cualquiera se cree en derecho a improvisar tribunal de Nuremberg u hoguera inquisidora para fusilar o calcinar la buena fama de quien le parezca, al punto que los tribunales ordinarios de la nación han sido reemplazados por cortes públicas o mediáticas integradas, en su mayoría, por gente sin manos para poder tirar la primera piedra.
Ni cuando ser comunista era pecado capital se veían tantos fariseos flagelando honras ajenas, como se observa hoy a través de los periódicos, Internet, televisión y radio, verdugos que al mismo tiempo protegen a los Herodes que le sirven de padrinos o mecenas.
Resulta mil veces mejor tener una prensa con frecuentes excesos, que un periodismo complaciente o temeroso, pero la manipulación, el amarillismo y la mentira en dosis mayores son letales para el ejercicio de la libertad de prensa y la democracia misma. Esas cortes sumarias condenaron ya a muerte civil a una jueza que produjo un fallo absolutamente apegado al derecho, aunque la justiciable beneficiada se haya dado a la fuga o esté desaparecida.
En radio, televisión y periódicos se han instalado fiscalías mediáticas, desde donde se pregona que un secretario de Estado fue quien dirigió el operativo de fuga de Sobeida Féliz Morel. Claro, sin aportar el más mínimo indicio o evidencia, lo que pone en entredicho la reputación de todos los ministros.
¿Cómo hablar de justicia y persecución penal cuando un senador de la República elige a los medios de comunicación como vía para denunciar que esa señora fue sacada del país escoltada por militares al servicio del narcotraficante puertorriqueño José Figueroa Agosto, también prófugo?
No se discute si tales o cuales versiones son verdades o mentiras. Lo que se objeta es el uso de los medios de comunicación como Coliseo Romano donde los leones destripan a ciudadanos, cada vez que un periodista, comunicador o interactivo, baja su dedo pulgar, como cuando se emitió la falsa noticia de que en la residencia de un legislador del PLD se encontraron mil kilos de cocaína.
Pretender desde los medios de comunicación sacar provecho político de un asunto tan serio como la lucha contra el narcotráfico es forma infame, irresponsable y cobarde de manipular una ametralladora.
