El primer día de este mes se cumplieron once años de la muerte de Juan Bosch, padre de la auténtica democracia que todavía anhela el pueblo dominicano. He dicho que lo más extraordinario que en términos políticos pudo sucederme fue conocer al profesor Bosch y fungir por algunos años como su mandadero, distinción que compartí con amigos que, como yo, hoy refieren con orgullo los días que pasaron junto a ese prócer nacional.
Ingresé como reportero al periódico Vanguardia del Pueblo, la niña bonita de don Juan, a finales de 1975, y una de mis funciones era llevarle los originales del periódico, que revisaba muy cuidadosamente, para luego llevarlo donde dona Ninon de Sálenme, quien cuidaba su edición con el esmero de una madre.
Mantuve siempre el criterio de que la condición de miembro era el peldaño más importante que ostentaba en el PLD, pues Bosch lo definía como un partido de oficiales que debían dirigir a un ejército amplio y complejo que era el pueblo dominicano.
Fue por eso que, a pesar ser activista nacional, con funciones podían involucrar a más de un organismo, de lo que me ufanaba era de mi membresía, alcanzada con esfuerzo en el Comité Intermedio Rafael Tomas Fernández Domínguez, que incluía a los sectores Capotillo y Simón Bolívar.
Tuve el privilegio de ver a Bosch todos los días, de recibir instrucciones suyas sobre asuntos muy diversos, la mayoría vinculados con la elaboración del periódico, del cual era un simple redactor. Puedo decir, con más orgullo que agua en el mar, que gozaba del aprecio de don Juan.
Todo lo que he contado sirve como alfombra para referir aquel angustioso día cuando, junto a los hermanos Arroyo, Rafael Castillo (Castillito), y otros compañeros, visitamos a don Juan para informarle la decisión de nuestro Comité Intermedio de no aceptar la resolución del Comité Político de intervenir el organismo y designar a Juan de la Cruz Buret (qepd), como el interventor.
Me tocó decirle al compañero presidente, que bajo ninguna circunstancia acataríamos lo que definíamos como una decisión injusta del CP y advertirle que usaríamos la fuerza si fuera necesario para impedir el ingreso del compañero Buret al local de intermedio. Si ustedes quieren guerra, guerra van a tener, respondió el líder del partido.
Cuando le dije que nos embargaba el profundo espíritu de partido que él nos había inculcado, don Juan pareció derretirse y nos propuso que en vez de Buret, el miembro del Comité Político que dirigiría esa intervención sería Franklin Almeyda, lo que aceptamos con agrado. Esa noche no pude dormir atormentado por ese encontronazo con don Juan. Al otro día retorné a mi inolvidable función de mandadero.

