Opinión

A rajatabla

A rajatabla

El doctor Euclides Gutiérrez Félix  demandó por ante los tribunales de la República a una colega que divulgó por  televisión reportajes que el querellante consideró que atentaban contra su buena fama.

Al hacer uso legítimo de una vía de derecho, Gutiérrez Félix no incurrió en violación a la libertad de prensa, aunque se cuestionó que  advirtiera mediante acto de alguacil a anunciantes abstenerse de patrocinar el programa de esa  periodista. Decenas de notables y notorios comunicadores firmaron un documento en el que se acusó al gobierno de hostigar a los periodistas como nunca antes se había visto, aunque, por la intervención de algunos   firmantes, se evitó tirar a los pies del mandatario el asesinato del periodista José Silvestre, a manos del narcotráfico.

La mayoría de esos apreciados compañeros nada dijeron  cuando Julio Martínez Pozo y Marino Zapete fueron  apresados y zarandeados por agentes de la Dirección Nacional de Inteligencia, ni cuando un empresario de San Francisco de Macorís  fue  desalojado de una cabina de radio, o cuando locutores de Montecristi fueron hostigados por promover una competencia electoral entre un candidato y el demonio.

Tampoco  se alarmaron cuando  un mandatario instruyó en público al jefe de la Policía (quien fue a la montaña a cumplir la orden) para que  apresara a un campesino de la sierra que dijo que en su comunidad no llegaba el agua.

La historia se repite con el caso de un coronel de la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD), de quien se dijo  amenazó a cuatro periodistas con incluirlos en un expediente de drogas si  intentaban obtener información sobre  un decomiso de  cocaína en  Las Américas.

Una comisión  integrada por oficiales de la DNCD y  el  doctor Vicente Estrella,  a nombre del Colegio de Periodistas, determinó  que ese oficial no incurrió en la amenaza criminal que se le imputó y los  periodistas supuestamente amenazados solo reprocharon que él no colabora  o es obstáculo en su trabajo como reporteros.

 Se llegó a criticar que  el oficial de marras  había sido trasladado a otro  aeropuerto, como si lo que se deseaba era la lapidación o que lo enterraran vivo.

Tanto celo por  la libertad de prensa no se ha manifestado  entre esos  apreciados  colegas con los casos de la joven periodista  maltratada físicamente por espalderos de un candidato, ni  por el de otro reportero que renunció  al noticiario donde trabajaba porque se le quiso imputar ocultamiento de un vídeo donde se observa mal trato a un reportero por esa misma gente. Ojalá que  sí mencionen el caso de un camarógrafo en Santiago golpeado por agentes de la DNCD.

Insisto en la necesidad de que todos los que  abiertamente participamos  de preferencias electorales o  aquellos de militancia vergonzosa, hagamos un esfuerzo  para no exhibir las enaguas.

El Nacional

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