Aunque oficialmente la campaña electoral se inicia el 15 de este mes, hace casi dos años que los partidos están calle al medio en promoción de sus candidatos a través de actos masivos como caravanas, encuentros bajo techo y publicidad política, sin que hasta ahora se reporte ningún caso de muertos o heridos, ni siquiera se tiene noticia de alguna bofetada o empujón.
La gente disfruta de la política casi igual que la pelota, porque los fans partidarios celebran el paso de caravanas, en tanto que los contrarios se guarecen en sus hogares a la espera de que llegue la que promueve a su candidato, pero nadie pelea por partido, aunque discuten tanto como jugadores de dominó.
A pesar de que algunos candidatos promueven un discurso más caliente que flama de gasolina, la población ha asumido una conducta ejemplar, basada en el respeto al derecho ajeno y en aceptar los designios de la voluntad popular.
Puede decirse que la campaña ha transcurrido en paz y que hasta ahora representa el mejor precedente en toda América Latina sobre el desarrollo de un proceso electoral en completa armonía, con amplia participación partidaria en un ambiente de absoluta libertad de movimiento en el que cada candidato o simple mortal puede decir o hacer lo que mejor le parezca a favor de su causa.
Claro, no todo es color de rosa, pues uno de los litorales confrontados parece decidido a incidentar el proceso por vía de incesantes cuestionamientos a la instancia encargada de organizar el montaje de las elecciones presidenciales programadas para el 20 de mayo. Se acepta que tal o cual partido o candidato presenten querellas contra alegadas irregularidades, pero el cierre a banda parece tener otro pespunte.
Otra forma de echar pelos en la sopa es a través del discurso sustentado en la afrenta y la infamia, en el errado entendido de que el constante embadurnamiento termina por dejar manchas indelebles en el contrincante, cuyos frutos se recogen el día de las votaciones, como si se tratara de una lucha en el Coliseo Romano.
Por el desempeño que ha tenido la ciudadanía ante una campana profusa, intensa, extensa y colorida, parecen condenados al fracaso los intentos por pintar de negro al estadio y a los competidores, porque contra viento y marea, la gente irá a votar con alegría y determinación.
Aunque nadie me lo ha pedido, me permito aconsejar a quienes intentan trasladar la lucha al terreno fangoso que por ese camino se llega, porque no hay forma de torcer la voluntad popular con artilugios de infamias y afrentas.
La verdad y la razón son igual que el diamante, cuyo brillo resalta por encima de desechos y maledicencias, con lo que quiero decir que el pueblo está decidido a disfrutar de esta campana sin poner atención a las aves de mal agüero.

