En ningún modo se aspiraba a que en sólo una década el liderazgo político nacional supliera la notable ausencia de Juan Bosch, Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez, pero tampoco debía esperarse que se produjera un descenso tan marcado en término de la calidad del discurso y de la influencia de los líderes.
Las tres j (Juan, José y Joaquín) dominaron por más de cuarenta años el escenario, en el que fungieron de guías y maestros de grandes masas, clase media y sectores conservadores según el tipo de nicho que encajaba con sus respectivos discursos elegante en la forma y rico en contenido.
Bosch, educador, Balaguer, encantador y Peña, contribuyeron como ideólogos y tribunos a formar en términos políticos a una sociedad que estuvo encerrada en el atraso durante los 30 años de tiranía de Trujillo.
Bajo la égida de esos patriarcas, los partidos Revolucionario (PRD) de la Liberación (PLD) y Reformista Social Cristiano (PRSC) formaron y forjaron formidables camadas de dirigentes liberales o conservadores, alumnos aventajados que decollarían en el porvenir político.
No intento aquí establecer quien fue mejor o peor de esos tres grandes líderes; lo que procuro resaltar es que fueron auténticos entes políticos que ejercieron a tiempo completo lo que Duarte definió como el más noble quehacer después de la filosofía de ocupar la mente humana.
Cuando el país no se conocía más allá del traspatio caribeño, no se sabía de la Internet ni se hablaba de Aldea Global o Sociedad del Conocimiento, aquí se debatían abiertamente temas esenciales en los ámbitos ideológicos, filosóficos, económicos, medioambientales y de política internacional, sin importar situaciones de represión e intolerancia política.
La dirigencia política de ogaño no es ni sombra de la de antaño y este juicio incluye a la izquierda, cuya cúpula ha perdido respeto por los principios y amor por los estudios, contrario a esa camada de abnegados revolucionarios que fueron ejemplos en las aulas, en la tribuna y en el combate.
El atraso, incongruencia y dispersión del mentado liderazgo político, puede atribuirse al hecho de que el ejercicio de la actividad política es incompatible con la actividad empresarial, porque la primera procura el bien común y la segunda supedita la vida a la generación de plus valía a cualquier costo. Volveré sobre el tema.

