Opinión

A RAJATABLA

A RAJATABLA

Ninguno de los forjadores de Independencia lograron completar la obra redentora de sus respectivos pueblos, por lo que próceres  como Simón Bolívar, Mahatma Gandhi, Zamora Machel, Amílcar Cabral y Juan Pablo Duarte tuvieron por misión concebir y promover  en los planos militar y político las condiciones  para la proclamación de la Independencia de sus respectivos territorios y dejar en manos de futuras generaciones la consolidación del Estado.

Al conmemorarse ayer el bicentenario de Duarte, preciso es  advertir que la obra redentora  del padre de la nacionalidad dominicana no ha concluido y que, para  que  ese proyecto se ejecute a plenitud, se requiere que los buenos y verdaderos dominicanos luchen día y noche por  una auténtica democracia política, sustentada en un régimen de justicia y equidad.

Con el propósito de impedir  o retrasar esa meta, los grupos dominantes han procurado, desde el mismo día de la proclamación de la Independencia, degradar la figura inmaculada  del patricio, al punto de  declararlo traidor  y desterrado con intención de perpetuidad y después presentarlo  como un  anciano  derrotado.

La idea de separación  e independencia  se forjó en la lúcida mente y consistente conciencia de Duarte, quien a los 25 años fundó una de las instituciones políticas más avanzadas en estructura, praxis y credo de América Latina: La Trinitaria, que reunió  a lo mejor de la juventud de mediado del siglo dieciocho.

Para  aquilatar el genio de Duarte es menester señalar que  la  parte  oriental de la isla ocupada por los haitianos, tendría unos cien mil habitantes,  y que la capital estaría sentada sobre un puñado de  polvorientas callejuelas de la zona intramuros o colonial y   algunos barrios marginales.

La economía era entonces  menos que de subsistencia, por lo que era difícil  diferenciar a un patrono de su servidumbre, contrario a lo que ocurría en Haití y en Cuba,  donde prevalecieron regímenes esclavistas que promovieron exportaciones de azúcar, tabaco y otros rubros agrícolas.

En  esa sociedad muy pobre, Duarte impulsó con sabiduría su proyecto independentista, que atrajo también a  gente de buena posición económica cuyos intereses  eran afectados por la ocupación,  entre los que  sobresale Pedro Santana, quien al final canjeó la soberanía   a la España por un título nobiliario.

Si se toma en cuenta el medio social en el cual se formó y forjó, Duarte fue  líder  de dimensiones  similares a las de  Bolívar,  y su pensamiento se equipara  al de  Martí, quien se formó en una sociedad cubana muy  superior a la  de la Hispaniola en términos económicos, políticos y sociales.

Duarte nos legó un gentilicio, el dominicano, que debemos  defender con gallardía, pero también nos endosa el compromiso de completar su obra:  una patria libre y justa. ¡Gloria al padre de la patria!

El Nacional

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