Las oportunidades son como los amaneceres: si uno espera demasiado, se los pierde. ( William Arthur Ward).
El pasado mes de diciembre sirvió de termómetro a la música dominicana y sus protagonistas para medir la difícil situación por la que atraviesa el negocio del entretenimiento.
Fue un mes en el que se vivió una clara división entre los hombres y los muchachos. Entre los más pegados y los que se mantienen de pura chepa, a pesar de que los que más fiestas amenizaron colocaron sus tarifas por encima de los 500 mil pesos por salida.
Pero llegó el momento de la verdad.
Uno de los escollos que enfrenta el negocio de la música criolla, especialmente en lo concerniente al merengue y la bachata son las tarifas excesivas de sus más populares intérpretes.
La realidad no se compadece con los precios exorbitantes de algunos líderes de ambos géneros musicales.
No hay forma de que un evento sea rentable cuando al artista se le paga 350 y 400 mil pesos, en tiempos normales. No hay manera de generar esa cantidad en la puerta. La regla tiene sus excepciones, pero no siempre.
Estas tarifas obligan a precios de entrada que van desde los 2,000 a los 3,000 pesos para tener acceso a una fiesta. Agréguele los precios abusivos de las bebidas.
Cuando se le ha planteado a ciertos líderes la posibilidad de adecuar sus tarifas a la realidad, argumentan que prefieren tocar menos.
Algunos hasta consideran que con esta medida están desmeritando su trabajo. Argumentos infantiles que no contribuyen al crecimiento y fortalecimiento de la música, y es que aquí se aplica muy bien la frase de que cada quien hala para su lado.
Si los exponentes del merengue y la bachata no se ponen de acuerdo y colocan los pies sobre la tierra, la realidad es que pronto los veremos solo en tarimas de casas licoreras, en eventos multitudinarios y con presentaciones esporádicas en programas de televisión. Las fiestas tenderán a desaparecer.

