Opinión

Adepto de jesuitas

Adepto de  jesuitas

Nélsido Herasme

Siempre hemos dicho, porque así lo he creído y vivido, que la Compañía de Jesús es la que más se parece a Dios en la práctica. Conozco a muchos de sus sacerdotes, a quienes desde sus aspiraciones lo vi entrar en su filosofado, por lo que puedo mencionar a Mario Serrano (Moreno), Pedro Llorente, Pablo Mella, Jesús (Chumi), Javier Vidal, entre muchos otros, por lo tanto como laico católico que soy y como conocedor de algunas prácticas religiosas de los miembros de los Jesuitas en el país, puedo decir que estos curas, ayer jóvenes, aún siguen siendo gente de pueblo y compromiso, a quienes conocemos desde los inicios de la década de los años 80, cuando apenas les sacaban punta a su aspiración sacerdotal.

Eran muchachos de tenis, ropas sufridas y mochila al hombro, a lo que veíamos acompañar el proceso de evangelización durante horas en los barrios de La Ciénaga, Guachupita, Los Guandules y 27 de Febrero. Todos los domingos en la parroquia Santo Domingo Savio, lo veíamos sentarse en los últimos asientos para participar de las homilías concelebradas por los curas Jorge Cela y Luis Oraá, (fallecido).

Para esos chicos era tiempo de compromisos y de opción preferencial por los de abajo, dando rienda suelta a su vocación en un momento en que la iglesia de América Latina empezaba a ver las heridas abiertas del pueblo.

Era el tiempo de la lectura del evangelio a la luz de la Teología de la Liberación que alimentaba el deseo de una iglesia que quería caminar de la mano de su pueblo, animada por el Papa Juan XXIII, cuyo celo por la unidad de los cristianos lo motivaron a publicar la encíclica «Pacem in terris» (Paz en la Tierra) y luego convertirse en el protagonista de la iniciativas más revolucionaria que en 1962 el mundo católico conoció como el “Concilio Vaticano II”.

Era el surgir de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs) como estilo nuevo de acompañar al rebaño, que se inspiraban en la reflexión y el mandato de los documentos salidos de las celebraciones de los CELAM de Medellín, Colombia en 1968 y en Puebla, México en 1979.

Era el tiempo del obispo del San Salvador, Oscar Romero, quien asumió a su prójimo como su propio hermano, llegando a decir que “los pobres me enseñaron a leer el evangelio”, aunque un 24 de marzo de 1980 tuvo que pagar por ello. Con los jesuitas aprendí que cuando la biblia se lee con los ojos de los pobres, se corren muchos riesgos, pero entendiendo que ello será siempre el compromiso de los verdaderos hijos de Dios.

El Nacional

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