Opinión

Agenda Global

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Como se conoce, este es el título del nuevo libro del intelectual y novelista peruano Mario Vargas Llosa, luego de haber recibido el Premio Nobel de Literatura en el 2010, muy merecido por demás. Los controvertidos análisis contenidos en esta obra han suscitado interesantes debates entre lectores y críticos. La polémica se ha centrado en cuanto a si la imperante “cultura del entretenimiento”, de aliento popular y tendencia a la masificación, tiene igual, menos o más valor, vigencia y consciencia que la “alta cultura” reservada a las elites más acaudaladas e instruidas.

Antes de compartir mis ideas sobre la lectura de este ensayo magistralmente escrito por uno de los grandes cultores de la lengua de Cervantes, debo advertir que con este lúcido pensador contemporáneo me pasa -él como prolífico escritor y yo como ávido lector de todo lo que escribe- “algo que no me ocurre con ningún otro de los escritores que prefiero: que casi nunca discrepo con sus juicios y críticas. Sus razones, generalmente, me convencen de inmediato, aunque para ello deba rectificar radicalmente lo que hasta entonces creía”. (Esta cita corresponde a Don Mario porque, respetando las asimetrías, a él le sucede esto mismo con el filósofo español Fernando Savater).

Sin embargo, debo admitir que, para mi gusto, encontré un Vargas Llosa muy cáustico con el fenómeno de la “democratización de la cultura”, es decir, con la apertura del concepto de cultura para que incluya todas las manifestaciones de la vida de una comunidad como su lengua, sus costumbres y creencias, así como todo lo que en ella se “practica, evita, respeta y abomina”.  El Nobel entiende que “Cuando la idea de la cultura torna a ser una amalgama semejante es inevitable que ella pueda llegar a ser entendida, apenas, como una manera agradable de pasar el tiempo”, por ello sentencia que “si la cultura termina por ser sólo eso se desnaturaliza y se deprecia”.

Si bien no concuerdo con Don Mario en que una ópera de Verdi sea por definición un bien cultural “superior ”a una función del Cirque du Soleil, o que un “chef” o un “modisto” sean por oficio menos “cultos” que un científico o que un filósofo, lo que sí es un hecho incontrovertible es la tendencia “light”, la propensión a la frivolidad de muchas de las manifestaciones de la cultura popular: que si no es divertido entonces no es cultura, y que si “tiene éxito y se vende es bueno, y lo que fracasa y no conquista al público es malo”. Si el único valor es el comercial y el valor supremo es la diversión, Vargas Llosa arremete contra esta “banalización lúdica de la cultura” que la coloca “por encima de toda otra forma de conocimiento e ideal”.   

Al efecto, Don Mario  nos alerta sobre la influencia que ejerce esta cultura del espectáculo sobre la vida política: tiende a degradar la y a convertirla en “mera mojiganga”. Que los políticos “aprovechen el poder para enriquecerse burlando la fe pública depositado en ellos”, desmoraliza una sociedad adormecida por una cultura mojigata e indiferente que castiga los valores de la honestidad y talento. 

El Nacional

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