150 fallas gramaticales
La Constitución promulgada el Día de Duarte presenta 150 fallas gramaticales en las que no debió incurrirse.
(Constitución de la República Dominicana, 255 páginas, Serigraf, edición del Gobierno).
Algunas de esas fallas vienen de una confusión generalizada entre género y sexo.
Hay otras de concordancia y unas terceras de artículos que faltan.
La Academia de la Lengua precisó no hace poco que para el plural que se refiera a los sexos femenino y masculino vale utilizar el plural de este último.
No hay que decir las dominicanas y los dominicanos. Basta con decir dominicanos.
(Si no, debería decirse y escribirse, cuando se refiere a pueblo, el pueblo de dominicanas y dominicanos y no sólo el pueblo dominicano).
El texto de la Constitución cae de manera reiterada en ese error para referirse a los sexos, trátese del gentilicio o de un puesto público.
Repite de forma viciosa, por ejemplo, senadoras y senadores y diputadas y diputados cuando bastaría senadores en el primer caso y diputados en el segundo.
Lo mismo que escribir los meses de febrero y agosto con las iniciales en minúsculas cuando de manera específica se refieren a las fechas patrias de Separación y Restauración, 1844 y 1861-65.
Y formas adverbiales terminadas en mente, que no deben escribirse, por ejemplo, rápida y eficazmente sino rápidamente y eficazmente.
Hay otras fallas, indignas también de aparecer en el texto de la Carta Sustantiva de la Nación, como las de concordancia de plural o singular o de femenino y masculino.
Se supone que una comisión de estilo revisó el texto final de la Constitución y corrigió las fallas que se localizaban en el proyecto sometido por el Ejecutivo.
¿Quiénes fueron los miembros de esa comisión?
Se supone, además, que el Senado y la cámara de Diputados tienen contratados de manera permanente a especialistas en la cuestión de estilo.
¿Fueron esos especialistas asalariados parte de la comisión de estilo que revisó el texto final?
No hay razón ni excusa valedera para que la Carta Sustantiva se entregue a los ciudadanos con una serie de fallas gramaticales y de estilo que, también, inducen a un mal manejo del idioma.
La explicación, si eso, la daría el hecho de que los políticos entienden que llegan al poder para ejercerlo y para hacer desde allí lo que les venga en ganas, tanto en el orden de la administración como en el uso caprichoso del lenguaje oral y escrito.
(Y todo esto a partir de un principio que endosa la columna: el lenguaje y la gramática están al servicio de los seres humanos y no los seres humanos al servicio de ellos.
(Ahora, bien. Para violentar a conciencia una ley hay primero que conocerla muy bien).

