Opinión

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Tras el ajusticiamiento del tirano Rafael Trujillo en 1961, lo mejor de la conciencia del país y de los exiliados que empezaron a regresar planteaba una depuración y reducción de las fuerzas armadas.

 La “destrujillización” tenía que empezar por ahí pero los políticos apoyados por Estados Unidos, la clase dominante y otros elementos de la derecha empezaron a importantizar a los generales y coroneles de las FFAA y al grueso de las tropas como elemento de apoyo.

 Esos generales y coroneles aceptaron el juego y desde entonces, orillados en la acera de los conservadores que se apoyan y a los que apoyan EEUU y su misión militar, se dedican a la corrupción y a servir, como de 1930 a 1961, de cuerpo de represión política.

 Su principal acción la constituyó su participación en el golpe de Estado contra el gobierno democrático de Juan Bosch y del Partido Revolucionario el 25 de setiembre de 1963.

 Ahí, 25 de esos generales y coroneles firmaron un acta de derrocamiento en connivencia con la misión militar de la embajada norteamericana y con representantes de los partidos Unión Cívica Nacional, Alianza Social Demócrata, Demócrata Cristiano, Nacionalista Revolucionario Democrático y Vanguardia Revolucionaria.

 Los firmantes políticos del golpe fueron Viriato A. Fiallo, Juan Isidro Jimenes Grullón, Mario Read Vittini, Miguel Ángel Ramírez Alcántara, Horacio Julio Ornes Coiscou y Ramón A. Castillo.

 Para esos 25 generales y coroneles entre los que estaban Antonio Imbert Barrera y Luis Amiama Tio, sobrevivientes del ajusticiamiento del 30 de Mayo, no hubo gloria por la “acción militar” del 25 de setiembre.

 Poco tiempo después, ninguno de ellos tenía mando militar.

 En noviembre de 1963, el Movimiento Revolucionario 14 de Junio organizó un levantamiento en 13 frentes guerrilleros uno de los cuales, el de Manaclas, en la Cordillera Central, comandaba Manuel Aurelio Tavárez Justo.

 El hecho de que a los insurrectos y en contubernio con el gobierno del Triunvirato que encabezaba Donal J. Reid Cabral se les vendiese armas con severos desperfectos, así como su falta de entrenamiento, determinó que fueran reducidos en pocos días en todos los frentes.

 La delación campesina volvió a funcionar contra los guerrilleros, muchos de los cuales fueron fusilados después de capturados o mientras marchaban con banderas blancas para su rendición.

 Los insurrectos permanecieron cerca de un mes en sus posiciones. Unas fuerzas armadas con preparación y carisma de combate hubiera enfrentado y eliminado en pocos días los focos guerrilleros.

El Nacional

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