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Las “gloriosas” Fuerzas Armadas

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 La prueba final de la incapacidad militar de las Fuerzas Armadas que organizó el tirano Rafael Trujillo fue ofrecida al país sino al mundo con su respuesta a la revolución constitucionalista y guerra patria de abril de 1965.

 Una conspiración para reponer en el poder al derrocado Juan Bosch y a su Partido Revolucionario estalló en dos campamentos militares y se extendió con rapidez a todo el territorio nacional.

 Era un contragolpe tardío que en horas derrocó al gobierno del Triunvirato que encabezaban Donald J. Reid Cabral y su máximo jefe militar al general Elías Wessin y Wessin, cabecillas golpistas de 1963.

 Entre el 24 y el 28 de abril, las fuerzas armadas habían pasado al grupo de los constitucionalistas o, en desbandada y sin siquiera el orden de una retirada, buscaban refugio en casas de familiares.

 Ante el embate de los militares constitucionalistas, ya encabezados por el coronel Francisco Alberto Caamaño, quien rechazó en el puente y con sus hombres y grupos civiles un ataque de los tanques y los aviones de la Fuerza Aérea y del Ejército, los generales con Wessin a la cabeza se refugiaron en la base aérea de San Isidro.

 Allí -versión confiable del exembajador John Bartlow Martin, designado enviado especial por el presidente Lyndon Johnson-, esos generales lucían desesperados y llorosos y suplicaban por la intervención militar de Estados Unidos.

 Los norteamericanos, quienes no conocían a los jefes constitucionalistas ni a los políticos liberales y de izquierda que formaban tropas de combate y avanzaban en el control de Santo Domingo, se decidieron por la invasión.

 El 28 de abril empezaron a llegar las tropas, cuyo número llegaría a 42,000, en respaldo de los llamados “militares regulares”.

 Formaron un “Gobierno de Reconstrucción Nacional” al frente del cual colocaron al general Antonio Imbert Barrera, sobreviviente del 30 de Mayo, y sólo reconocieron la autoridad de varios de los generales y coroneles con mando al 24 de Abril.

 De parte de oficiales “regulares” hubo alguna resistencia en lugares de la capital pero no lo suficiente como para detener la marcha de los constitucionalistas.

En la capital y en provincias, el “GRN” de Imbert designó a nuevos funcionarios y reconoció a viejos, en la administración y el estamento militar.

 La incapacidad personal y operativa y la absoluta falta de mística de las FFAA y de sus jefes tuvieron que ser suplidas por la invasión norteamericana.

 Hoy, mezclados sus mandos en un juego político de “quid pro quo” de apoyo político a los gobiernos a cambio de mano libre e impunidad para la corrupción que ahora incluye al narcotráfico, las FFAA  viven un período que muchos estudiosos entienden debe ser el último de su lamentable historia.

El Nacional

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