Dos figuras del mundo popular de la capital en los decenios cuarenta, cincuenta y sesenta. Iguales que Juana Barajita, Clinche y El Chivo.
Sólo que estos tres últimos, y el primero de los dos mencionados en el título, no fueron inmortalizados por el humorismo criollo que se levantó a principios de los sesenta con el talento de Freddy Beras Goico, Milton Peláez, Cuquín Victoria y Cecilia García.
Aunque hacían pareja iban juntos por la calle y compartían el trabajo-, Pelao era una figura silenciosa y trágica pero, aunque trágico también, Chochueca conversaba un poco.
Los hizo famosos en la ciudad ese trabajo que compartían y que consistía en visitar a los deudos de la gente de bien que moría en Santo Domingo para recibir el donativo de ropa de difuntos que los familiares vivos se negaban a utilizar.
Funcionarios públicos de baja categoría, quienes a pesar de ello debían asistir de traje y corbata a sus oficinas, debieron ser los clientes principales de Pelao y Chochueca.
Eso, sin que nadie se enterara.
Entre esos clientes debieron figurar también jóvenes abogados venidos de clases humildes a quienes se les hacía muy cuesta arriba pagar los veinte o treinta pesos que costaba un flu.
La pobreza en tiempos de la tiranía de Rafael Trujillo era muchísimo peor que la de ahora porque había que callarla.
La falta de recursos obligaba, por ejemplo, a que los trajes ya usados y que descolorían la tela fuesen volteados, a fin de utilizarlos de revés y como nuevos.
Esa necesidad también obligó a que trajes y pantalones utilizaran como materia prima la tela de Macario, que provenía de los sacos de harina Gold Dream que se importaba.
Bien lavado y almidonado, un traje de Macario podía simular que su tela era hilo o crash.
Y esa pobreza hizo florecer la industria de calzapollos y soletas a la venta por quince y veinte centavos en el Mercado Modelo y fabricadas en las cercanías de ese centro comercial por diestros y creativos artesanos.
Pelao y Chochueca no andaban con pantalones de Macario ni con calzapollos porque reservaban para sí de lo que obtenían en las casas de los dolientes.
La pareja se consustanció de tal manera con su trabajo que muchas personas, con enfermos graves en la casa o en la clínica, no querían ver pasar por su calle a Pelao y Chochueca.

