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En el edificio Copello no podría ser otro lugar-, el Museo de la Revolución y Guerra Patria de Abril de 1965 será una muestra dedicada a la nostalgia de veteranos y otros contemporáneos pero, de trascendencia, una lección viva para el conocimiento de presentes y futuras generaciones.
La revolución y guerra patria de 1965, lo que es consenso entre calificados historiadores, es la tercera de las grandes gestas de la historia, antecedida por la guerra de Separación de 1844-1856 y la guerra de la Restauración de 1861-1865.
En el salón que sirva de entrada al Museo pudiera colocarse una réplica de Uno de tantos…, obra de 1903 del escultor y pintor Abelardo Rodríguez Urdaneta, canto en bronce al pueblo, el más grande héroe de todas las grandes batallas y guerras de la humanidad.
Y al lado de la estatua, labrado en mármol, A los héroes sin nombre, poema de 1916 de Federico Bermúdez, que recoge con palabras también inmortales la imortalidad de ese pueblo heroico y sin nombres.
Milvio Pérez, el fotógrafo de la revolución, tendrá en todas las paredes del Museo el mejor escenario para una selección de sus más de cinco mil fotos de los diferentes momentos del episodio histórico.
Aparte de estas sugerencias, los especialistas en asuntos museográficos tendrían a su cargo el diseño y organización expositiva del Museo de la Revolución, tarea para la que están facultados por sus credenciales académicas pero que debe contar con el testimonio de los actores del acontecimiento.
Lo prometió el presidente del Senado, Reinaldo Pared Pérez, y no es de dudar que senadores y diputados acojan el anteproyecto de ley que prevée la declaratoria de utilidad pública del Copello y su dedicación como sede del Museo.
La compensación de los propietarios del edificio, como de sus actuales inquilinos, no representará una inversión cuantiosa para el Estado, obligatoria aunque lo hubiese significado.
Tanto los primeros como los segundos estarán persuadidos o podrán serlo, en el sentido de que se desprenderán de una propiedad o de un local de alquiler, previo pago de compensación, para dedicar lo que fue suyo o la sede de su negocio a la creación de una institución permanente y trascendente del Estado.
En este sentido, cabría el reconocimiento a la Fundación Juan Lora Fernández, a la Fundación Internacional Coronel Caamaño y a la Fundación Francisco Caamaño por la iniciativa de elaborar y presentar el anteproyecto de Ley al Congreso, vía presidente del Senado.

