En más de una ocasión he dicho que, como escritor y novelista, prefiero a Alejo Carpentier. A mi juicio, la obra del cubano tiene más peso que cualesquiera otras de autores latinoamericanos.
De El recurso del método a El camino de Santiago, de Los pasos perdidos a Concierto Barroco, de El harpa y la sombra a La consagración de la primavera, de Ecué-Yamba-Ó a El reino de este mundo.
Y todos.
Carpentier escribió con un arrastre cultural que trasciende los objetivos tradicionales de la novela, sin dejar de ser literatura, para alcanzar metas únicas de información socioeconómica, política, cultural.
El novelista era también un arquitecto y un músico y un antropólogo y todo eso dentro de una formación universalista que le permitió, desde esa óptica, labrar sin embargo una posición como autor nacional.
El autor nacional con proyección internacional puede serlo cuando, por el simple trato de los temas, los convierte en asuntos comunes a una humanidad que puede pertenecer a cualquier accidental nacionalidad.
En parte, por ejemplo, ocurre con la obra del novelista colombiano Gabriel García Márquez y del poeta cubano Nicolás Guillén y del poeta chileno Pablo Neruda y del novelista mejicano Carlos Fuentes.
Pero lo real maravilloso o realismo mágico de muchas de las novelas del llamado boom latinoamericano es un patrimonio de Carpentier, aunque expuesto con igual maestría en la novelística de García Márquez.
Y en la obra, anterior, del mejicano Juan Rulfo.
Y en Yo, el supremo, del paraguayo Augusto Roa Bastos.
Ahora, bien.
Todo esto acerca de Carpentier y su obra es una apreciación subjetiva.
Los críticos suelen atribuir el peso de la razón y de la verdad a sus juicios, subjetivos y aventurados casi siempre, pero el autor de esta columna no es un crítico.
Ni, siquiera por un instante, un dueño de la verdad absoluta.
Prefiero, sobre todos, a Carpentier y me parece que, aún literatura, es la obra que más acerca al latinoamericano y al lector del mundo a la realidad de este continente siempre en vías de desarrollo, con luminosas excepciones avanzadas y civilizadas y una lamentable generalidad de salvajismo impuesto por el capitalismo del mismo pelambre.

