Opinión

AL DÍA

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Se pronuncia “Tonguí” y es el título de una película francesa que pasó en Telecable Nacional hace unos años. Comedia para reírse hasta que duelan las mandíbulas pero tragedia para llorar hasta que se sequen los ojos.

 Los franceses buscan la alegría pero parten siempre de que la tristeza sesga la vida de los seres humanos.

 (“Tanguy”, con el subtítulo de “Qué hacemos con el niño”, de 2001, con Sabbine Azéma -la madre-, Andre Dussolier -el padre- y Eric Berguer -“Tanguy”, el hijo-, los tres de apellido Guetz. Dirige Ettienne Chatillez).

 “Tonguí” es un “muchacho” ya de 25 años, bien graduado y mejor empleado quien gana más que su padre y vive aún con el matrimonio que lo procreó.

 A la edad de esos padres y con la posición que ha alcanzado el hijo, es más que justo que hubiese declarado su independencia, alquilado un apartamento y hacer vida de gastos personales y libre albedrío que corresponde a un adulto.

 Pero “Tonguí” se aferra a la vida con sus padres, según se nota, no por asunto de cariño y afectos sino porque sus ingresos del mes le quedan más que completos.

 En la casa de sus padres vive, duerme, come, recibe ropa limpia y hasta algún menudo para el transporte. La madre y el padre lo quieren pero entienden que “lo demasiado, hasta dios lo ve”.

 La pareja sabe llegado ya el momento, hace muchos años, para descansar de obligaciones paternales y tomar vacaciones sin otra preocupación que disfrutar de una vida de la que ya no debe quedar tanto.

 Pero allí está “Tonguí” y por ello no disponen del dinero ni del tiempo ni del sosiego que deberían.

 Se arman de valor y le plantean el caso al “niño”.  Por sexta o séptima vez. El muchacho no hace mucho caso hasta que la pareja se decide por el “ultimátum”.

 La madre sufre momentos de complejo de culpabilidad por tener que echar a la calle al “hijo de sus entrañas” y el padre también, aunque menos. Pero el asunto está decidido: “Tonguí” debe marcharse.

 En la disyuntiva, el hijo, quien conoce sus “derechos”, busca a un abogado amigo y lleva a la justicia a sus padres. El juez, quien seguro no tiene en su casa a un hijo ya adulto, decide a favor del muchacho.

 En el desarrollo de la película hay muchos momentos para reir y muchos para llorar. Todos, en conjunto, llevan a la meditación más profunda. Sobre todo a aquellos padres con la carga de un hijo adulto que, con buenos ingresos y derecho a una vida independiente, decide por “economía” quedarse en el hogar paterno.

 Y se plantea el nudo de la situación.

El Nacional

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