Opinión

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Otro “nuevo periodismo”
De acuerdo con la cotidianidad en diarios y programas noticiosos de radio y televisión, para ser periodista y cosechar al máximo los beneficios económicos del oficio hay que estar vinculado mediante amistad y salario al presidente y su gobierno, o a dirigentes y partidos gobernantes o de oposición o, mejor, ser dirigente de cualesquiera de los dos partidos mayoritarios o del resto de “chumichurris”, “tarantines” y puestos de mercado de pulgas que en función de tales medran en las cercanías de migajas del poder.

 Hay un grupo que hace lo imposible por mantener con su práctica los principios del oficio pero sólo el salmón nada contra la corriente. Cuando lo anormal se hace normalidad, el normal pasa a ser anormal. Y la práctica de corrupción generalizada se convierte en una realidad que saca de ella a quienes no participan y los convierte en “desfasados” y “atrasados”.

 En los parqueos de periódicos y de estaciones de radio y de televisión, las yipetas y otros vehículos caros permiten medir el grado de corrupción al que ha descendido la práctica profesional, devenida ejercicio vicario y convenenciero del interés de gobiernos, partidos y poderes empresariales.

 Hace muchísimos años, cuando los carros utilitarios y los otros costaban dos o tres mil pesos, los periodistas se movían en “conchos”, guaguas y “bolas” o, para el trabajo, en los vehículos del diario o del noticiario de radio y televisión.

 No había entonces la industria floreciente y creciente de los programas de comentarios noticiosos de radio y televisión, verdaderas minas explotadas por gambusinos que en algún caso no eran periodistas profesionales sino profesionales de otras ramas en busca de una patente de corso para traficar influencias y enriquecerse.

 La corrección de estilo en los diarios y la dicción lamentable en programas noticiosos de radio y televisión dejan “claro como el agua” por dónde va la profesionalización de periodistas y de “comunicadores” –una forma, ésta, de no llamar locutor a los locutores aunque se trate de un oficio tan digno como cualquier otro que lo sea.

 Pero eso es sólo lo que se lee y lo que se ve y escucha. “Otras quinientas” serían sentarse a conversar con cada uno de esos camajanes y ver cómo anda su formación profesional y su cultura general y, sobre todo, su concepto y práctica de moral, en lo personal, y de ética, en lo profesional.

 Este “otro” nuevo periodismo no produce ejemplos a seguir sino todo lo contrario. Pero todo lo contrario para los dos o tres que quedan, con formación profesional y calidad moral y ética. Para todos los demás, lo que incluye a estudiantes de las escuelas universitarias de periodismo, los ejemplos son los malos ejemplos que dan la cualquierización del ejercicio y el envilecimiento de un oficio que deviene convenenciero tráfico de influencia y que convierte a cada individuo en una agencia improvisada de las peores relaciones públicas.

 (La generalización del concepto en esta columna es válido. Las excepciones sólo valen como tales).

El Nacional

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