Opinión

Al día

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Durante los años de la tiranía se comprobó el acierto de un dicho que conocían muy bien todos y que en más de una ocasión fue utilizado sin éxito para contrarrestar el pretexto que buscaba excusar la frescura o el atrevimiento de una conducta: “el borracho no pierde el tino”.

 Salvo que se tratara de algún individuo con historial de persecución y cárcel políticas que “se pasara de tragos”, el borracho de la “era”, era capaz de todo menos de quejarse de “la situación imperante” o de formular la queja más mínima contra le tiranía y sus funcionarios.

 Ni siquiera se zafaban los “locos”, estuvieran recluidos en sus casas o en el “manicomio” o vagaran por las calles de todo el territorio. Tampoco para ellos era tema la política, cuando pudiera entrañar algún tipo de crítica.

 Había ladrones y rateros, como estafadores y otros delincuentes cuyo único cuidado consistía en evitar ser atrapados por la Policía. No había el “debido procedimiento judicial” y los ladrones y rateros reincidentes podían ser ejecutados por la Policía. Mucho más si, por mala suerte, el teatro de alguna de sus fechorías había sido la casa de algún alto funcionario o militar o policía de cualquier rango.

Además, estaba fuera de la imaginación el hecho de que alguno de ellos, o un ciudadano honrado y decente que fuera víctima de algún error policial, se quejara siquiera en su casa. El silencio obligado de los ciudadanos era la concha de protección de la tiranía y de todos sus organismos civiles y militares y policiales.

 En el aspecto profesional, la literatura y las artes sufrieron de un proceso de involución y atraso de tantos años como cumplió en el poder la tiranía de Trujillo.

 Los pintores y escultores que no padecieron por completo el corte de las alas de su imaginación por la cerrazón del régimen fueron los que pudieron viajar y permanecer años en el extranjero, así como extranjeros que por alguna razón residieron por algún tiempo en Santo Domingo.

 Pero novelistas, cuentistas y otros narradores se condenaron a la castración y al silencio. Con la excepción de Over, de Ramón Marrero Aristy, publicada en 1939 para denunciar el trato injusto del trabajo en los ingenios azucareros que para esa época  y hasta los años cincuenta fueron propiedad de norteamericanos, la novelística no tiene otro título que exhibir. (Imprenta La Opinión, 243 páginas).

 Marrero Aristy terminó asesinado por la tiranía en julio de 1959 después de ocupar altos puestos de gabinete y de cumplir delicadas misiones diplomáticas.

El Nacional

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