Opinión

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En casos, los textos de los novelistas, cuentistas y narradores revelaban el talento de sus autores pero es indudable que la supresión absoluta de la libertad de pensamiento y expresión era un límite que la creatividad literaria no podía superar.

 Los poetas, quienes pueden refugiarse en mundos líricos que no son accesibles siquiera a minorías y que pueden revestirse de un estilo intrincado y complicado de metáforas y símbolos incomprensibles, apelaron con insistencia a ese recurso.

 Hubo una literatura trujillista que no merece la pena mencionar. Su cantidad de títulos, como las obras plásticas que buscaron complacer y obtener también la “magnanimidad” de la tiranía, no tienen el valor del tiempo y de los materiales empleados en su elaboración convenenciera y oportunista.

 La llamada “música culta” limitó más el ingreso de jóvenes valores y el de nueva audiencia. No hubo intención alguna de llevar los aires clásicos al alcance siquiera del oído de sectores minoritarios y mayoritarios del pueblo. Y sus posibles autores se redujeron a un número insignificante, como no fuera que dieran la intención política trujillista al título de alguna obra.

 Hasta la llamada “poesía popular”, las “décimas” que hasta 1930 tuvieron un culto extraordinario en el país, tenían de origen un tema crítico social y político que las eliminó del escenario de la vida nacional.

 Ni siquiera se difundía la obra de clásicos “poetas populares” o “decimeros” como Juan Antonio Alix, Rafael Camejo y Eulogio C. (“Cachimbola”) Cabral, lo que ocurría también con los caricaturistas cuya esencia de trabajo era la sátira, social y política.

 Para nutrir la memoria oral de parte de padres y abuelos, estos solían recordar algunas décimas, más que nada en provincias y otros apartados lugares de la ruralía dominicana, pero lo hacían con el cuidado de que, al repetirlas, a hijos y nietos se les interpretara como expresión crítica del presente lo que pertenecía al pasado de “Conchoprimo” y tiempos anteriores.

 (“Conchoprimo”, de la inventiva de un dibujante anónimo, constituyó desde la mitad del siglo XIX hasta principios del XX la imagen del pueblo, que en Cuba llamaban Liborio. Se utilizaba para satirizar situaciones con espíritu crítico y humorístico, al extremo de que a esos años de revoluciones y otros sobresaltos políticos de la lucha por el poder de los bautizó “de Conchoprimo”.

Sin éxito alguno, los ideólogos de la tiranía trataron de sustituir la figura por la del “Vale Toño”, caricatura de una caricatura que no alcanzó popularidad alguna sino la animadversión por ver con claridad la sustitución que pretendía y que no logró).

El Nacional

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