Recensiones
Hace tiempo decidí que no se publicaría en el país un libro de importancia sin que le dedicara un comentario. La publicación pasa inadvertida y en muchas ocasiones el texto es de tema y tratamiento trascendentes.
No he pertenecido ni perteneceré a lo que un par de buenos escritores criollos llamaba Asociación Nacional de Bombo Mutuo. No soy dado a la complacencia que se da para recibirla a cambio.
Simple periodista con alguna dedicación a temas de historia y literatura, no asumo un pontificado que santifica o sataniza a las obras que comento.
Lo que persigo es que la publicación del libro no pase inadvertida, como señalé al principio, y creo que hacerlo me permite cumplir parte de la función de quien escribe para informar a la gente.
El criterio de selección que utilizo para comentar el libro es elemental. Lo primero que hago es comprarlo o recibirlo como inapreciable regalo de alguna institución o persona. Después lo leo con atención.
Si a mi juicio el libro no merece la pena, ¿a qué llenar un comentario con una opinión negativa? ¿A qué perder el espacio de la columna con un comentario que no le servirá al lector?
En esos libros, que son mucho más de lo que sería de desear, pierdo el tiempo de leerlos pero el tiempo es mío y puedo disponer de él a mi antojo. Pero el espacio de la columna es de los lectores y de los propietarios del medio y a unos y a otros debo el respeto de no desperdiciarlo.
Cuando el libro merece la pena, por el talento del autor al crear o investigar y no importa que no se presente con el mejor estilo de redacción, valen el comentario y las salvedades porque no sólo los posibles lectores resultan beneficiados sino el autor, cuando ha logrado reunir la modestia y la humildad de no creerse un clásico vivo.
La modestia y la humildad no son de las virtudes comunes en una sociedad de consumo y consumista integrada en su parte activa por elementos de la clase media trepadora, genializados a sí mismos al compararse con el analfabetismo profesional y cultural de ambiente.
Algunos autores se quejan de los comentarios y con argumentos de descalificación o de sobrecalificación tratan de defender sus libros. Los libros se defienden por sí mismos. Sólo hay un niño bello en el mundo y cada madre lo tiene. Eso vale para la mujer pero no, cuando se refiere a libros, para sus autores.
Y termina esta columna con la ratificación del propósito de no dejar pasar inadvertido un libro valioso y bueno que aparezca en el país, no importa quién sea su autor ni cuál recóndita vocación satisfaga con ello en medio de ocupaciones profesionales que a veces no son las de investigar o crear en ciencias sociales y literatura sino las de bregar con leyes y tribunales, con pacientes y enfermedades, con píldoras y ungüentos, con cálculos y diseños.

