Los caudillos y tiranos no forman ni dejan sucesores entre sus hijos, hermanos o servidores más cercanos. Un caudillo excepcional para su época, Julio César, dejó a su amigo Marco Antonio y a su hijo Octavio, quienes gobernaron en un triunvirato después de que un complot del Senado asesinó a puñaladas al vencedor de Las Galias y dictador.
Después, a lo largo de toda la historia que sigue, no hay casos iguales.
Julio César no era sólo un militar de grandes batallas y victorias sino un pensador político, lo que no se hizo de estilo en la mayoría de los dictadores y tiranos de la época y siguientes, en Roma y en la tierra toda.
Y no lo eran, mucho menos, en estos lares primitivos del subdesarrollo del siglo XIX y hasta el siguiente.
Para los dominicanos, el tirano Rafael Trujillo es el ejemplo o contraejemplo de su especie: el de mayor tiempo en el poder y el de más absoluto dominio de la vida oficial y privada del país de febrero de 1930 a mayo de 1961.
Desde sus primeros años hacia el poder, 1924 en adelante, Trujillo recibió el influyo mesiánico de la concepción de superioridad que da la condición de militar entre la gente del pueblo y en su sociedad.
El poder le permitió desarrollar quizá como nadie antes una autoconcepción mesiánica que lo ponía no solo sobre la realidad y voluntad de sus compatriotas sino que le daba condiciones de ser divino e inmortal.
Al 30 de mayo de 1961, el tirano había escuchado y leído acerca de sí mismo loas y ditirambos como sólo se estilaba dedicar a dios y a los santos de su corte celestial.
Alguien lo llamó el pretexto de dios para estar en la tierra y, a no dudar, Trujillo entendía que era así y como tal actuaba y se estimaba a sí mismo.
Y los títulos que se le confería, desde padre de la patria nueva hasta benefactor de la patria y a un benefactor de la iglesia que al final no se le concedió, alimentaban la autoconcepción mesiánica del tirano.
Es más que posible que Trujillo pensara que no podía morir y, además, que no había un dominicano con el valor de poder enfrentarlo y acabar con su vida.
No fue el fatalismo de la crisis de sus últimos años ni la desilusión de su hijo mayor sino la seguridad de su inmortalidad y de la crisis del valor de los dominicanos expresada por 31 años lo que lo llevó a ir solo con su chofer a San Cristóbal la noche del 30 de mayo de 1961.

