Opinión

AL DÍA

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La forma en que fue integrada condenó a esta Junta Central Electoral desde antes de su nacimiento. 

Los partidos no pueden elegir a los miembros del llamado tribunal electoral porque no pueden ser “juez y parte” en el proceso esencial de la democracia representativa.

 Se sabe en el organismo quiénes son dirigentes de los Partidos de la Liberación y Revolucionario y quién lo es del desaparecido Partido Reformista.

 Los peledeistas, los perredeístas y los neotrujillistas estarán satisfechos y contentos de esa manera pero en este país hay una porción de ciudadanos, mayoritaria, que no está nada conforme con esa Junta y que no confía en ella.

 “Mayoritaria”, se escribió, con la “prueba al canto”.

 En las elecciones provinciales del 16 de mayo votó menos de la población en edad para hacerlo. En casos, los menores, el porcentaje de votantes se acercó al 45. En otros, los mayores, el de abstenciones anduvo por el 50 y llegó al 60 en las provincias de mayor población.

 Esa abstención o esa anulación voluntaria del voto revela falta de confianza en los candidatos presentados a las senadurías, diputaciones, alcaldías y regidurías, y en esos partidos, pero también en los “jueces” y en la JCE.

 La población adulta y conciente, pues, expresó con claridad a los partidos que no se va a prestar, ahora ni después, a legitimar con su voto unas elecciones que no son legítimas.

 No se tiene confianza en la mayoría de los candidatos impuestos a conveniencia por las cúpulas de los partidos ni se tiene confianza en el grupo de chupópteros que compone la Junta y las juntas provinciales, distritales y municipales.

 Los partidos del actual sistema estarán satisfechos y contentos con la ilegitimación y perversión del proceso fundamental de la democracia representativa que son las elecciones pero no lo está la conciencia del país.

 “El pueblo, que siempre comienza por murmurar, acaba siempre derrocando a sus tiranos”, dijo en alguna ocasión monseñor Fernando Arturo de Meriño, para referirse a la situación creada por el déspota Buenaventura Báez y que llevó a La Guerra de los Seis Años.

 Y el historiador Raymundo González, en estos días, recordaba una sentencia del músico, poeta e intelectual Manuel Rueda: “este pueblo odia a las dictaduras pero las exorciza con el silencio”.

 El momento final de las murmuraciones y del exorcismo del silencio puede llegar en cualquier momento. El descaro insolente, la inmunidad y la impunidad de los partidos en el gobierno y en la “oposición”, y de la Junta, pueden ser “la gota que rebose la copa”.

El Nacional

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