Opinión

Al día

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Cualquier acción humana dirigida a la solución de una situación o problema medirá su eficacia por los resultados.

 Al parecer, la patología del poder que conforma el ejercicio del presidente Fernández no razona así.

 El Presidente mide sus políticas por la conceptualización, por la teorización de las medidas que implanta y no por sus resultados.

 Los resultados pueden ser todo lo contrario de lo que plantearían los objetivos de las políticas pero si la conceptualización y la teorización son “buenas” y están elaboradas de acuerdo con su “librito”, las prácticas de esas políticas serán buenas y redentoras y contribuirán al desarrollo.

 Sin importar que sus resultados denuncien que no son buenas, que no son redentoras y que no contribuyen al desarrollo que, como se sabe, es crecimiento económico junto a promoción social.

 El Presidente, pues, viviría en la “realidad” de su conceptualización. Quienes comparten esa conceptualización con él, compartirán la vivencia y percepción de esa “realidad”.

 ¿Pero la comparten el pueblo, la clase media, los empresarios, el cardenal, arzobispos, obispos y curas de la iglesia católica, la sociedad civil y los organismos internacionales?

 ¿No es esa conceptualización, en otro sentido y para citar un extremo caricaturesco, la que ilusionó y sacó de una chistera de mago la “figura presidenciable” de la primera dama Margarita de Fernández?

 Uno de los puntos peor comentados del discurso presidencial del 27 de Febrero fue el de la educación.

 ¿Resulta o no un rasgo extremo de conceptualización convenenciera comparar la situación de la educación con las de Francia y Estados Unidos?

 ¿Vale citar el ejemplo de que en esos dos países desarrollados el aumento del presupuesto de la educación no habría significado mejoría de la calidad académica?

 ¿Cómo resuelve un país el problema de la calidad de la educación si hace falta la construcción de aulas modernas –con agua potable, instalaciones sanitarias y enchufes eléctricos, para citar lo menos?

 ¿Pueden los maestros participar de esa mejoría de la calidad de la educación cuando de buenas a primeras y sin previo aviso ni previa preparación se cambia el sistema de enseñanza por uno que transversaliza la impartición de conocimientos generales sin pasar siquiera por la gramática y la historia nacional?

 A seis meses de la implantación de esa reforma, ¿cuáles serían sus resultados?

 Recuérdese, no obstante, que la patología de poder que encarna el presidente Fernández no mide sus políticas por resultados, como mandarían la racionalidad y la lógica, sino sólo por su conceptualización o teorización abstractas. 

 Al parecer, una cosa es la realidad que se impone desde sí misma por la mentalidad de la patología del poder y otra, bien diferente o contraria, la realidad que vive y padece día a día la sociedad.

El Nacional

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