Opinión

AL DÍA

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A dos manos

El 76 por ciento del electorado que volvió a llevar al poder a Leonel Fernández y al Partido de la Liberación pareció dar a éstos la impresión de que en lo adelante no habría más que ellos para el ejercicio del poder.

 Y se lanzaron como poderosos depredadores sobre la presa indefensa del erario.

 El descrédito al que la incapacidad política del gobierno de Hipólito Mejía llevó al Partido Revolucionario hizo también que, pese al desaguisado que significó el cuadrienio 2004-2008, Fernández y el PLD pudieran manipular para permanecer en el poder.

 Lo que se no se les hizo difícil porque tenían en las manos el tesoro público y porque fue facilitado de entrada por una de las barbaridades  de Mejía, reformar la Constitución para implantar de nuevo el continuismo de Joaquín Balaguer.

 Para mayo del año pasado, el gobierno peledeísta de Fernández había acumulado suficientes escándalos y evidencias de corrupción como para haber perdido el poder con relativa facilidad pero el PRD no se había recuperado. Además, en las entrañas de ese partido se movía, como se mueve hoy, el germen de autodestrucción que es la ambición individual de sus dirigentes sobrepuesta al interés de la organización.

 Y porque no ganara el candidato Miguel Vargas Maldonado, quién lo duda, varios perredeístas se sintieron contentos con la victoria de Fernández y el PLD. En el entendido, lo que siempre es una visión ilusoria, de que tal cosa favorecería sus personales ambiciones, inorgánicas casi todas.

 Pero todavía el gobierno no ha cumplido el primer año de ejercicio cuando nuevos escándalos y evidencias de corrupción sacuden a la conciencia y protagonizan un “pan de cada día” que nadie trajo bajo el brazo y que nadie quiere comer.

 Instituciones del empresariado y de otros sectores de mucho menos poder en la sociedad claman porque se ponga un cese a la corrupción y porque el Ministerio Público asuma su responsabilidad y, por denuncias concretas o rumor público, haga dar en la cárcel con los huesos de los atracadores del erario.

 Hotoniel Bonilla, quien ocupa un departamento que más parece para proteger la corrupción, dice que el nepotismo no está tipificado y penado por las leyes y asegura que el enriquecimiento ilícito tampoco figura entre los delitos y los crímenes justiciables y punibles.

 Como se ve, no sólo la corrupción campa por sus respetos sino que los organismos encargados de perseguirla se convierten en su principal amparo y protección de impunidad.

 Pero “lo demasiado, hasta dios lo ve”, dicen los creyentes, a pesar del “veremos” que dicen dijo un ciego.

El Nacional

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