o que entre el mar
Fue el lema popular en sus campañas políticas: Horacio, o que entre el mar.
Pero no fue el único.
No se utilizaba como slogan publicitario por el poder material de siempre de la iglesia pero solía repetirse que el caudillo era la virgen de la Altagracia con chiva.
Horacio Vásquez, de Estancia Nueva, Moca, era primo y jefe politico de Ramón (Mon) Cáceres, con quien estuvo aliado en muchas ocasiones, una de ellas el 26 de julio de 1899 para ajusticiar al tirano Ulises Heureaux. Cáceres quiso buscar un espacio propio en el escenario, Se apartó de Vásquez quien le hacía mucha sombra y lo consiguió. Ocupaba la presidencia de la República cuando lo asesinaron el 19 de noviembre de 1911.
Ambos eran generales de la montonera. Vásquez hacendado y Cáceres comerciante y transportador de cargas entre provincias. La honradez con la que los dos hacían sus negocios contribuyó a su nombradía política, hija de la confianza que despertaban en la gente.
Vásquez y su Partido Nacional ganaron por mucho las elecciones de 1924, primeras que celebraba el país en libertad después de la invasión militar norteamericana desde 1916. Hizo un gobierno de realizaciones apreciables.
(El símbolo de ese partido, un gallo, obligó a que Juan Isidro Jimenes utilizara el mismo símbolo, sólo que sin cola o bolo).
Por lo general, a Vásquez se cita como causa del surgimiento y fortalecimiento del tirano Rafael Trujillo pero es demasiado responsabilidad para quien en realidad era un general de la montonera, anciano ya, y hombre que creía en los compromisos de palabra y en que el mejor pagaré era un pelo del bigote.
Responsables fueron los políticos y/o intelectuales, gente de preparación académica y mayores luces que trató de utilizar a Trujillo como cabeza de turco y cabeza de playa cuando era el incipiente tirano quien los utilizaba a ellos como tales.
El Movimiento cívico La más bella revolución de América, la llamó el poeta Tomás Hernández Franco-, entrampó no sólo al escritor sino a políticos avezados como Rafael Estrella Ureña, para citar sólo al principal de todos los aliados de quien para febrero de 1930 ocupaba la jefatura del Ejército.
Vásquez fue responsable de la ingenuidad, de creer en los juramentos de lealtad que le hacían Trujillo y otros mascarones de proa en el 30 pero de nada más.
Con él, cuando lo derrocó un golpe de Estado, cayó uno de los líderes de mayor arraigo que conoció el país hasta ese entonces, como lo prueba esa frase que se repetía de uno a otro confines del territorio: Horacio, o que entre el mar.

