Opinión

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Solidaridad, no caridad

El gobierno de Haití rechazó la caridad del dominicano a raíz del derrumbe de una escuela que a principios de noviembre pasado costó la vida de noventa niños y adultos.

 Muy bien.

 La solidaridad que debe mostrar el Estado es la de formalizar con seriedad el paso y permanencia de ciudadanos haitianos en la República, que incluye  documentar de alguna manera a esas mujeres, hombres, ancianos y niños para que asciendan de su condición de parias.

 En Haití, vale recordarlo, los ciudadanos son indocumentados. Salvo los casos excepcionales de una élite de ricos y/o políticos, el haitiano del común nace y muere indocumentado.

 Y cuando viaja, lo hace en esa condición.

 El Estado dominicano conoce de esa realidad y en cuanto al ordenamiento y legalización de esta migración miente de manera consuetudinaria, se niega a enfrentar conversaciones bilaterales para un tratado en ese sentido y llena una ley de migración y su reglamento con las aberraciones de los “nacionalistas”, racistas y antihaitianos de la minoría blanca y acólitos, turiferarios, paniaguados y “cachanchanes”, mestizos y negros renegados que con ello se hacen la ilusión de ser blancos.

 El Estado haitiano  y su gobierno no quieren que el Estado dominicano y su gobierno hagan con ellos el fementido acto de contrición que católicos, pecadores consuetudinarios, creen expiar cuando en una misa semanal dejan quinientos pesos en el platillo que pasan los monaguillos.

 La caridad no es solidaridad, y menos, como en el caso, cuando esconde una conciencia de culpa que busca en ella alimento para su contumacia.

 El gobierno de René Preval dio un ejemplo de dignidad y de su deseo de que la cuestión de las relaciones haitiano-dominicanas se plantée y discuta sobre bases de solidaridad y sinceridad, sin dejar para manifestarlas en el de cuando en cuando o el de vez en vez de fenómenos naturales o de desgracias que pueda ocurrir en el país vecino.

 Los estados haitiano y dominicano están convocados hace mucho tiempo a una reunión seria y solemne que regularice sus relaciones comerciales, que humanice el “statu” de los centenares de miles de vecinos que nacen y/o viven y/o mueren aquí y que cierre para siempre el tráfico inhumano con el que oficiales militares y policiales y funcionarios públicos civiles de provincias fronterizas se enriquecen desde tiempo inmemorial.

 Nada de limosnas, pues. Solidaridad y seriedad para reiniciar de la manera más académica y limpia las nuevas relaciones con el Estado y los nacionales haitianos que viven en su tierra o que, por vivir largo tiempo y/o nacer en Santo Domingo, no son ya tales sino dominicanos en proceso.

El Nacional

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