Semana

Al maestro Celso Benavides

<P>Al maestro Celso Benavides</P>

Recuerdo la primera vez que vi al maestro Celso Joaquín Benavides García. En un hermoso día de primavera del año 1984 entré al aula de clases de la Facultad de Humanidades donde se impartía la asignatura Introducción a la Lingüística.

Observé al profesor: un señor mayor, vestido con un pantalón gris oscuro y una camisa azul cielo modelo años 70s. Inmediatamente lo asocié con mi tío Hugo, por el gran parecido físico.

No negaré que a primera vista me pareció un señor ordinario, sin trazas de intelectualidad. Pero ¡tremenda sorpresa! A partir de la primera palabra que pronunció nació en mí una admiración y estima que han ido creciendo a través de los años.

En los estudios de grado tomé tres asignaturas con él. Y tuve el raro y grandísimo privilegio de ser asesorada (en una tesis malograda) por los dos grandes amores que he tenido en la UASD, mis queridísimos profesores Narciso González (Narcisazo) en la parte teórica, y Celso Benavides en la parte metodológica.

Ahí comenzó nuestra amistad, en mis frecuentes visitas al Archivo General de la UASD. Y la amistad con su asistente Rafael Andújar.

Esa admiración y estima creció a través de las diferentes asignaturas que impartí con él en la Maestría en Lengua y Literatura y se afianzó en la asesoría de la tesis que hiciera junto a Juan Byron (su dilecto discípulo amado).

Siempre que le llevábamos el borrador decía: «eso está excelente, pero para otros; yo de ustedes espero algo más. Se le exige a quien puede dar».

Para presentarla le dije: maestro, esta no es la tesis para el premio Nóbel, esa la haremos después, hay que terminar ésta ya, pues tenemos dos años y medio en esto.

Iba a su casa. Se reía de mis chistes y siempre me preguntaba que cuándo iba a aprender a escribir, y que si ya había dejado de ser charlatana y estaba escribiendo en serio, que él no hablaba con gente poco seria. Era un hombre sencillo, sincero, recto, metódico, pero humano como pocos.

 Su visión del mundo, de la educación, de los seres humanos era justa y ecuánime.

¡Le agradezco tanto! en especial que me enseñara a conceptualizar, a darle forma al pensamiento; a investigar para hablar con datos, con conocimiento de causa, pues detrás de las palabras debe haber ideas, y estas ideas deben ser coherentes, cargadas de sentido y que transmitan justamente lo que se desea, lo que se piensa.

También aprendí que para enseñar o demostrar sapiencia no es necesario hablar fuerte, denigrar a los demás, imponer su criterio.

Que la sabiduría se impone y relumbra aunque se hable quedo, despacito y se escuche pacientemente a los otros interlocutores.

Que el estudiante tiene derecho a equivocarse y que hay que dejarlo hablar, expresarse… y no corregirlo sino hacerle percatar de su error.

Aprendí de mi amado maestro el método socrático, el exigir que los estudiantes universitarios eleven su nivel al manejar los conceptos, al pensar y recrear los conocimientos en vez de memorizar.

El maestro para mí fue ¡lo mejor que me pudo pasar.

El Nacional

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