Niño, miseria y CDEEE…
Terminé el jueves así: que los poderosos se den la gran vida mientras las grandes mayorías ven ahogarse sus esperanzas como el niño de unos 10 años que con su desgracia de toda su vida azaró la de ese día del . Aquí les va. De regreso a mi casa, pasadas las 7 de la noche, paré en la gasolinera de la Tiradentes con Kennedy, aproveché, en lo que echaban el combustible, para comprarle helado a mi esposa y los dos hijos que me quedan en casa, cuando uno de los muchachos que mendiga limpiando vidrios de carros en esa esquina, entraba al negocio de pollo, y pedía algo de comer. Lo trascendente no es su otro tipo de mendicidad, sino que, como paso por esa esquina a eso de las 7 de la mañana, vuelvo a hacerlo a eso de las dos de la tarde y lo veía ahora con su misma ropa, las gastadas chancletas de goma y su rostro cansado, a pesar de su mocedad, ¡claro! tras 12 horas en su riesgosa jornada de ir y venir sorteando vehículos tras unos pocos pesos por su trabajo. ¿Cuánto ganó ese día, que probablemente no había concluido? Y quién sabe si no tenía casa donde retirarse a descansar. Puede que aún le quedase otra tarea de ofrecerse sexualmente a pervertidos por otros pocos pesos, mientras figuras honorables de nuestra sociedad se gastan decenas de millones en discutir burradas sobre modificar un Código del Menor orientado a la penalización y que muy bien servirían, junto a los que gastará nuestro presidente viajero para ir a Libia a tocar un tema sólo interesante para africanos, para sacar decenas niños de la calle como aquel rescatado por El Artístico, que ahora estudia y es eficiente trabajador de su taller. Se acabó el espacio. Espero quepa el texto del letrero que llevaba una dama en la espalda en la fila para pagar, que fue foto de portada de este diario: Vengo a pagar los malditos apagones. ¡Coño, que impotencia! Concluyo en la próxima de algo más que salud.

