Me desarmé
Es viernes, cercanas las 8 de la mañana, cuando el tráfico es más pesado, aunque para mí siempre es igual, a saber del ritmo de urgencias con que vivo, y fue allí, cuando doblaba por la Kennedy tomando la Leopoldo Navarro, mientras rogaba porque esta calle estuviese despejada cercana la 27, y entonces los vi, por temor a chocar en ese tramo, no miro para los lados, pero ese día lo hice tan solo para joderme, y los vi: la pareja también iba rápido, parece que con la intención de llegar a tiempo a la escuela de Rehabilitación que está ahí mismo, al doblar.
Él, de unos 8 años, delgado, con una mochilita a la espalda, supongo que contiene la merienda y su caminar arrítmico, al parecer por una lesión cerebral de nacimiento; ella, de unos 40 años, lo hala de la mano, mientras en la otra lleva otra mochila que parece ser la de los útiles de la escuela, él jadeaba, el esfuerzo era mucho para su condición humana especial y se detuvo, y ahí llegó lo peor para mi: la doña volteó y le preguntó algo, él asintió, ella le pasó la mano por la cabeza y con un gesto cargado de amor, le quitó la mochilita y se la puso ella, para continuar su camino a un paso más ligero.
Ellos me desarmaron, fue tanta la ternura de su gesto, que me llenaron de envidia y dos mudas lágrimas resbalaron por mis mejillas mientras volteaba la cara para que mi esposa no las notara.
Pensaba que ella no entendería por qué un hombre viejo lloraba por esas pendejadas, y al final comprendí que era bueno que esas tonterías aún tengan la fuerza de hacerme llorar, y volví a preguntarme qué sociedad hemos construido, que no protege a sus niños, mucho más cuando éstos son discapacitados, y pensé cuántos medios de transporte para este niño se pueden haber comprado con todo lo que se han robado éste y los anteriores gobiernos, con los que, por suerte, no tiene nada de ligazón al que volvieron a humedecérsele los ojos al reeditar aquella escena aquí, en algo más que salud.

