Caperucito rojo
Érase una vez una niña que era muy querida por su abuelita, a la que visitaba con frecuencia aunque vivía al otro lado del bosque. Su madre, que sabía coser muy bien, le había hecha una bonita caperuza roja que la niña nunca se quitaba.
Una tarde la madre la mandó a casa de la abuelita que se encontraba muy enferma, para que le llevara unos pasteles recién horneados, una cesta de pan y mantequilla.
– “Caperucita anda a ver cómo sigue tu abuelita y llévale esta cesta que le he preparado”, –le dijo. Además le advirtió: –“No te apartes del camino ni hables con extraños”.
Caperucita que siempre era obediente asintió y le contestó a su mamá: – “No te preocupes que tendré cuidado”. Tomó la cesta, se despidió cariñosamente y emprendió el camino hacia casa de su abuelita, cantando y bailando como acostumbraba.
No había llegado demasiado lejos cuando se encontró con un lobo que le preguntó: – “Caperucita, caperucita ¿a dónde vas con tanta prisa?”.
Caperucita lo miró y pensó en lo que le había pedido su mamá antes de salir, pero como no sintió temor alguno le contestó. – “A casa de mi abuelita, que está muy enfermita”.
A lo que el lobo replicó: – “¿Y dónde vive tu abuelita?”.
– “Más allá de donde termina el bosque, en un claro rodeado de grandes robles”. –
El lobo que ya había decidido comerse a Caperucita, pensó que era mejor si primero tomaba a la abuelita como aperitivo. – “No debe estar tan jugosa y tierna, pero igual servirá”, – se dijo mientras ideaba un plan… entonces llegó Rolfy, que ya no sembraba guineos en Mao, y en lugar de comerse un David se comió otro, que por haber jugado con los Leones le pusieron Caperucito Rojo a quien puede convenirle el cuento, y como solo lo sabrá el diablo, también rojo, no lo desmentirá, tampoco aparecerá (a lo Quirinito) el que mandó a comérselo, y todos vivirán felices excepto los pendejos como el que escribe “algo más que salud”

