El jueves pasado dejé bien claro que cuando se abran las urnas para contar los votos el próximo 20 de mayo la casi totalidad de los mismos será para las candidaturas de los dos negocios llamados PRD y PLD, y, si no sucede algo excepcional, la mayor cantidad será para Danilo, por parecer menos malo y porque no logra unificarse la empresa rival, amén de que el árbitro no es plenamente imparcial y los oficialistas, de ñapa, tienen todos los cuartos del mundo y dos pesos más para comprar a diestra y siniestra los votos disponibles que deja el clientelismo.
Por primera vez, desde 1978, donde lleno de orgullo desperdicié mi primer voto por mi maestro: Juan Bosch, no tengo ningún interés para ir a votar. De hecho andaba en la misma onda en el 2008, cuando, a pesar de que aún militaba en el PLD, opté por votar en blanco para no sentirme cómplice de este desgobierno y sobre todo de su gran carga de corrupción y negación de los principios boschistas, que, para nosotros, son sinónimo de decencia, dignidad y decoro.
Tengo proyectos comerciales que, calculo, se desarrollarían mejor en un gobierno de Danilo, y de hecho, gran parte de mi familia trabaja por su triunfo, pero doy gracias al Cielo por haber logrado salirme de la rueda y no condicionar mi existencia y el futuro a que gane fulano o sutano.
Iré a votar y luego me recogeré para revisar la biografía parcializada de don Juan que espero tener lista para publicarla en su fecha natalicia mientras escucho los resultados de las votaciones y veo celebrar a Danilo, pero sobre todo a su titiritero, que ha de ser el verdadero ganador, y a quien probablemente habré de enfrentar y derrotar en el 2016. Lo prometo desde algo más que salud.

