Honrando a los Padres de la Patria
ANDRéS FORTUNATO VICTORIá
Cada 27 de febrero celebramos con bombos y platillos el día de “La Independencia Nacional”. Algunos llevan una ofrenda floral ante el Altar de la Patria. Hasta los presidentes las llevan.
Por la presencia de éstos se hace un gran despliegue de tropas militares y policiales, las cuales desfilan vistosa y cadenciosamente por el entorno.
También, muchas veces se hacen desfiles militares, por todo el malecón, donde se exhibe el poderío y policial y militar. Siempre se ofician tedeum en la Catedral primada de América.
Ese día, además, cada Presidente de la República ofrece las “memorias” de su gobierno. Bueno, ese es un día de gran espectacularidad. Ese es el día de pretender “tapar el sol con un dedo”.
Así funcionan los episodios de la democracia espectacular la cual se viste de gala ese día, para encubrir sus grandes debilidades, las cuales se reflejan, entre otras cosas, en una escalada progresiva de delincuencia, fruto del gran déficit social acumulado, por la inmensa mayoría de los gobiernos que hemos tenido desde el 1844 a la fecha; de una creciente y prolongada acumulación de riqueza procedente de los fondos públicos, la cual se enseñorea bochornosamente ante los ojos marginados del ciudadano común, que es la inmensa mayoría, la democracia participativa, la que exige transparencia, equidad, oportunidad, apego al cumplimiento de la constitución, la ley, el respeto a la vida y la dignidad humana, duerme su sueño eterno.
Y duerme ese sueño eterno con la cultura de la corrupción y la impunidad como cómplice.
Lamentablemente, la inmensa mayoría entiende que esa es la norma. Que la política es así, y que los políticos, para poder llegar a gobernar, deben ampararse en los recursos proveniente de la corrupción, para hacer política y poder llegar a ser presidente, senador, diputado, regidor, o cualquier otro cargo de alta notoriedad pública. Hasta hemos llegado a estar convencidos, de que los pobres, por honestos y capaces que sean, no pueden aspirar.
No importa sus virtudes éticas, no importa, para ocupar una posición de relevancia, se entiende, desafortunadamente, que hay que tener dinero, no importa de donde venga.
Y eso no debe ser así. Tenemos que trabajar duro la conciencia y resistir las tentaciones de asenso social y económico, a que vivimos constantemente sometidos.
En esa dirección, la mayoría de los partidos políticos tienen gran culpa, ya que, en lugar de ser instrumentos de transformación progresiva, transparente y equitativa de la sociedad, se han convertido en verdaderos instrumentos de complicidad, para el enriquecimiento ilícito y la impunidad.
Realidad esta que tiende a sembrar de desesperanza a gran parte de nuestra formación social, la cual ha llegado a creer, que “la política es así”: demagogia y engaño; deshonestidad, simulación de lo que no se es y disimulación de lo que se es. Vivimos en un eterno carnaval, ya no se muestran rostros, sino mascaras. Salvo honrosas excepciones.
Bueno, ante esta realidad, los Padres de la Patria tienen que estar profundamente decepcionados.
Aquí, hoy y ahora, vale más el dinero que la mucha honra. Es por eso que la gran mayoría de “líderes” emergentes se adhieren a todo aquel que tiene dinero, para poder aspirar.
La mayoría deserta del compromiso de defender la Patria, practicar la honestidad y la solidaridad pública, para abrazarse a la simulación, la demagogia y el engaño, y ganarse el favor popular, dándoles pescado a las personas, para que coman un día, y no “enseñándolos a pescar, para que coman todos los días”.
Pero eso debe de cambiar, y puede cambiar. Puede cambiar desde nosotros mismos. Podemos cambiar esto, sin violencia y acciones desesperadas, sino con firmeza, perseverancia, persistencia inquebrantable, al llevar a cabo nuestras tareas políticas, personales, tanto privada como pública, apegadas a normas, valores y principios éticos y morales. Podemos cambiar, si nos disponemos a descubrir y hacer uso de la riqueza de la pobreza que no es otra que la unidad de los que son más.
Los pobres representamos la inmensa mayoría. Esa es una riqueza que debemos explotar, pero para ello debemos de olvidar la vanidad, el egoísmo, la envidia, la codicia que nos han enseñado de antaño, y practicar la honestidad, la gratitud.
Debemos sepultar los prejuicios, buscar la verdad. Pedir prueba ante cualquier acusación, para no ser guiados por chismes, esos chismes que impiden la unidad de la familia, de la comunidad, de los compañeros de trabajo.
Debemos de amar al prójimo. Debemos confiar y tener fe en los demás, porque somos, sin darnos cuenta, también los demás. Todos nos necesitamos.
En fin somos y vivimos del sacrificio de los demás, por eso debemos ser unidos y protegernos en función de la realidad de la vida misma.
Una realidad que debemos cambiar, pero juntos, en una sola dirección: la dirección del bien común.

