Un año que inicia es un espejo gigante. Imposible acercarse sin sentirse reflejado. Época especial. Difícil encontrar alguien que no perciba algún nivel de influencia en su vida de las características que tiene este período. El efecto puede variar en función de la estructura ideológica o de las circunstancias, pero no pasa desapercibido. Propicia reflexión, tanto para evaluar el ciclo que termina, como para proyectar ilusiones respecto al que se avecina.
Pocas cosas han generado mayor consenso: El 2019 fue año complicado y hay aprensión respecto a las expectativas para el 2020. Eso, de forma inevitable, repercute en las individualidades, sin importar condición social o económica. Por altas que sean nuestras murallas, influye el pánico del exterior.
Esa es la armonía necesaria. La que enlace legítimas aspiraciones personales con irrenunciables compromisos que, como entes sociales, debemos asumir. Uno de los males de esta sociedad es que se ha convertido en conglomerado de individuos, sin espíritu de cuerpo. Cada quien, en búsqueda frenética por resolver problemas exclusivos, al margen de taras colectivas que, más temprano que tarde, de continuarse, impedirán nuestras propias soluciones. El “sálvese quien pueda” no alcanza para todos.
Esa debe ser la meta más elevada, la construcción de un proyecto de nación que tenga a la gente como el centro de sus objetivos, no como el soporte utilitario para la materialización de ambiciones desmedidas. El ser humano como sujeto de políticas públicas bien concebidas, no como objeto de manipulación grosera de propósitos politiqueros de hegemonización del poder.
Convertir en realidad ese imperativo es posible, pero supone un cambio dramático de actitud de los ciudadanos y ciudadanas que conformamos esta nación. En una proporción importante, los desgobiernos que hemos padecido se han sustentado en la indiferencia generalizada que abate a tantas personas frente a un sistema político cuya infuncionalidad es la causa principal de los pésimos resultados que exhibimos como colectivo social. Abandonar esa indiferencia es un paso imprescindible para tener mejores gobernantes.
Hay que trascender la queja individual ante tantos y viejos problemas y traducirla en exigencia organizada de soluciones. La comprensible preocupación social de mucha gente debe ser canalizada a través de acciones de naturaleza política que sean capaces de revertir un estado de cosas que se ha agotado de forma definitiva. Lo que sucede con la nación no es casual y es preciso comprender que, por acción u omisión, todos somos un poco responsables de eso.

