Los fenómenos sociales no se controlan ni eliminan porque así lo quiere una persona, un dirigente o activista político. Lo que tiene relación con el ser humano en la sociedad en que habita, solamente se logra con éxito su enfrentamiento si se transforma el sistema que le sirve de base de sustentación. La prostitución no se acaba mientras el ordenamiento que le sirve de caldo de cultivo mantenga su vigencia.
El desempleo no termina por la buena voluntad de los gobernantes ni porque así lo quiera el movimiento obrero y sindical.
La emigración desde un país atrasado a uno desarrollado, no finaliza por decretos, acuerdos migratorios ni con fórmulas y recetas diplomáticas, en fin, las crisis de superproducción no tienen solución posible bajo el sistema capitalista.
De la misma forma que los fenómenos antes señalados no llegan a su final mientras esté presente el sistema social que hace posible su existencia, el de la corrupción seguirá a toda la sociedad como la sombra acompaña a todo el cuerpo.
Todos los presidentes que el pueblo dominicano ha tenido que soportar y padecer han prometido, como caramelo de campaña electoral, que una vez tengan el control del Estado acabarán con el fenómeno de la corrupción y sancionarán a los que, en una u otra forma, se lleguen a enriquecer con los dineros del erario. Pero por más golpes de pecho que se den y palabras que salgan de sus gargantas, al final de su mandato se tienen que contentar con expresar su imposibilidad para eliminar el fenómeno de la corrupción y algunos, en lugar de golpearla lo que hacen es que la fomentan; otros enriquecen su vigencia con nuevos y variados métodos de enriquecimiento ilícito desde el poder político del Estado. La generalidad de lo que constituye el pueblo dominicano está plenamente convencida de que, como fenómeno social, la corrupción cada día se hace más firme y se hace más y más débil la lucha en su contra porque a medida que transcurren los días ella hace acto de presencia con nuevos matices a la vez que los mecanismos resultan ineficaces para golpearla en su misma base de apoyo y generación.
La experiencia ha demostrado que cuantas veces surge en América Latina y el Caribe un movimiento de contenido político y social con objetivos claros, precisos y programáticos para darle de frente a la corrupción de inmediato se levantan y se ponen en tensión las fuerzas más atrasadas, las que históricamente se han beneficiado de las lacras que genera el sistema social dominante.
En nuestro país hay todo un abanico de sectores y capas sociales que rechazan la corrupción como fenómeno social y manifiestan su oposición, pero hoy carecen de voz y decisión en los órganos de poder para hacerle saber a los de arriba que los vicios sociales tienen sus adversarios de la misma forma que cuentan con sus aliados.
De la corrupción se benefician, en una forma u otra, grupos políticos que, en apariencia, no están en las alturas del poder, pero por su ubicación en le aparato estatal sirven como palancas de la corruptela actuando al servicio de los grandes monopolios, intereses minoritarios nacionales y extranjeros.
La corrupción recibe paga para hablar y callar, para aparentar ser falso o sincero.
Aunque se pretenda ignorar, hoy por hoy, la corrupción cuanta con aliados a todos los niveles y los que la adversan son vistos, muchas veces, como ilusos, porque aquí robar se ha hecho algo así como norma de comportamiento.
Se impone la creación de órganos nuevos de poder para eliminar las lacras que hoy predominan en la sociedad dominicana.
Los grupos políticos que han dirigido el Estado dominicano han demostrado que no reúnen condiciones para hacerle frente a la corrupción.
No puede golpear la corrupción quien se aprovecha de ella.

