De forma cíclica, esta sociedad se empantana en el tema del trujillismo. Eso es una prueba irrefutable de que no hemos sido capaces de superar, como colectivo social, esa etapa nefasta de nuestra historia. Cuando las personas y los pueblos se aferran con fruición a un acontecimiento determinado, están demostrando que continúan anclados en sus consecuencias. Lo trascendente de eso, sería determinar las causas de que ese fenómeno se reitere, como única posibilidad de cerrar esas traumáticas puertas.
Los motivos actuales para que el manido tema haya vuelto a ocupar primeros planos, han sido el proyecto de ley que conoce el Congreso de la república para la instauración de un museo sobre la tiranía y una sentencia acogiendo un recurso de amparo mediante la cual se prohíbe la incorporación de una Fundación y la difusión de un libro escrito por una de las hijas del tirano.
Todos los sentimientos en una u otra dirección han sido desatados. Incluso, a los que se han atrevido a emitir algunos juicios no necesariamente efusivos en relación con la sentencia de marras y en cierta forma restadores de importancia al citado museo, casi lo han hecho sentir como negadores de las luchas heroicas y nunca bien ponderadas de los escasos valientes que tuvieron el coraje de enfrentar el terror sin límites de un régimen que no consentía la más pequeña disidencia. Nada más injusto.
De lo que se trata, y el derecho a sostener esos criterios no puede serle escamoteado a sus sustentadores, es de visiones distintas en relación a las formas en que desde el instante mismo de la decapitación del tirano debió ser conducido el pensamiento y la acción antitrujillista para que fuere sepultado junto al cadáver del malvado las características oprobiosas de su forma de gobernar.
Para algunos, como el autor de estas líneas, esa canalización del sentimiento y la praxis contrarios al sistema depuesto hace casi 50 años, ha sido llevada por el peor de los senderos, al punto de que la vigencia histórica que ha preservado el pensamiento y las ejecutorias trujillistas es directamente proporcional a la incapacidad demostrada por sus adversarios para suplantar el pasado con prácticas tan superiores que hubiesen desterrado para siempre un legado que sólo se sustenta en nuestros propios fracasos.
¿Qué debimos haber hecho para que hoy ese tema fuese exclusivo material de inquietudes académicas? Las respuestas a esa interrogante las abordaremos el martes.

