El ex presidente de Honduras, Manuel Zelaya intenta retornar al poder. Logra así la misma hazaña del ex presidente haitiano Jean Betrand Aristide. El 15 de octubre de 1994, Aristide regresó a Puerto Príncipe luego de la intervención de las tropas norteamericanas, poniendo fin a tres años de exilio en Caracas y Washington, tras el sangriento golpe de Estado de septiembre 1991, que tuvo un saldo oficial de 5000 muertos. Zelaya escogió a Venezuela y al Alba.
La acción fue replicada en un pequeño avión de PDVSA, la petrolera estatal venezolana. El propio Chávez la reivindica en nombre del Alba, durante una detallada y emotiva narración del vuelo.
No han faltado diligencias para convencer a la OEA y a la ONU para que intervengan directa y activamente en el asunto. Pero bueno, a decir verdad, la intervención de ambos organismos ha sido moderada. La Casa Blanca, como es de rigor, y se opone al golpe. Pero se ha distanciado de la escena. Obama viajó a Moscú para cumplir con una visita ya programada. Pudo haberla suspendido, pero no lo hizo.
El actual presidente de Honduras, Roberto Micheletti, ha protestado ante el gobierno de Venezuela por haber violado el espacio aéreo. Violación o no, entendemos que este vuelo tuvo más de espectacularidad que de veracidad, arrojo y valentía. Para alguien que conozca la geografía de los deshabitados países centroamericanos, penetrar a territorio hondureño desde un helicóptero no resultaría nada difícil.
Si Zelaya hubiese querido penetrar a su país, estaría allá. Posibilidades le sobran. Hay quienes sospechan que éste ni siquiera viajaba en ese avión y que las numerosas llamadas telefónicas difundidas en el canal TeleSur, narrando casi por completo el vuelo, bien pudo ser producida desde una cabina u oficina en El Salvador o Nicaragua. Especulación a partir de similares episodios, simulacros en la Segunda Guerra Mundial y otras grandes confrontaciones. La presidenta de Argentina no estuvo en ese avión como se había anunciado.
Es poco probable que Zelaya logre convencer a EU de que es merecedor el trato dado a Aristide.
Zelaya debe cumplir su mandato. Pero todos habremos aprendido la enseñanza de esta historia: la democracia es consustancial a la soberanía y el respeto tanto al gobierno como a cada pueblo.
