Los espectáculos multitudinarios en los cuales se presentan diferentes atracciones artísticas se han convertido en una verdadera trampa para aquellos que no se preparan para influenciar y llamar la atención a tanta gente junta.
En los años 80 la vitalidad de eventos como el Carnaval del Merengue, de José Tejeda, en Nueva York, se debía en gran medida al hecho de que las orquestas participantes se empleaban a fondo, para llevar al escenario producciones impactantes, en una competencia sana por superar a los demás.
No iban a escena a tocar un set de baile, como sucede ahora.
Se preocupan por exhibir atractivos vestuarios, algunos de ellos carnavalescos, lo que le confería gran atractivo a cada orquesta participante.
Todo eso se ha perdido, y hoy día las agrupaciones suben a las tarimas a hacer más de lo mismo. No justifican el hecho de que se encuentran en un estadio frente a una multitud de 50 mil personas.
Y la gente no le compra el espectáculo, y se mantiene indiferente.
Lo mismo sucede con los presentadores, que no tienen experiencia en animación de multitudes.
No es lo mismo la conducción de un programa de televisión, que animar un concierto donde hay millares de personas.
Las carecencias se ven hasta de lejos, y es por ello que cuando se juntan varios en un escenario todos utilizan el gastado recurso de pedir aplausos al público, solicitar que hagan «una bulla» o dividir la concurrencia entre hombres y mujeres para determinar quien grita más fuerte.
Los artistas que van sin producción, y los animadores que no saben lo que tienen entre manos, son responsables de que la concurrencia a los espectáculos multitudinarios manifiesten una frialdad que socaba la vitalidad y la alegría de los mismos.
Deberían abrevar de la experiencia de un Johnny Ventura, que con su Combo Show creó en los 80 la leyenda de una orquesta imbatible en un escenario.
