Muchísima gente la está pasando muy mal. Alimentos, combustibles y medicamentos se han convertido en un problema generalizado.
Ahora bien, aún los efectos negativos de las tensiones globales, el Gobierno ha simbolizado la no atención a la exigencia legítima de los productores y sólo alardea, y el precio del plátano y el pollo, y otras carnes, se han convertido en artículos de lujo. Sus precios se han incrementado en máximos históricos; pero peor, tampoco hay políticas públicas para revertir la situación.
La verdad que se requiere que actúen pues su peso político y presupuestario es ineludible, y el problema no se soluciona con un simple cambio de ministro, aún sea clave para la alianza tecnológica que se persigue. Pero esto no obliga a perder el sentido crítico: es urgente tomar en serio estos componentes de la canasta básica alimentaria, ante situación tan vulnerable.
Por tanto, ha llegado la hora de que el Gobierno responda al reto estratégico de producir alimentos en forma masiva; sin embargo, el pueblo dominicano ante tanta fragilidad, y que vive esta crisis de las más serias de su historia, que ve cómo se desmoronan las instituciones del sector agropecuario, me preocupa que haya decidido entregar su preciada tolerancia y hasta cierta indiferencia con estas alzas de estos bienes alimenticios.
El Presidente ha manifestado en su discurso de rendición de cuentas estar “muy satisfecho” con el desempeño agroalimentario, pero tras el “clímax”, se regresa de golpe a los estantes del supermercado se verifica en forma desnuda lo inalcanzable de sus precios, como si se han quedado congelados en el tiempo.
Conviene pues, prestar más atención a esta piedra angular de la alimentación básica identitaria del consumo doméstico en corto plazo. Es una responsabilidad histórica de las autoridades resolver, y que no aparezca la resignación a un vano alivio dadivoso vía bonos para paliar la falta de administración efectiva y coherente. ¡Es cuánto!

