Víctor Matos García, un vecino singular. Siempre estuvo ahí, nosotros no lo advertimos. Cruzó hacia la otra acera, se mudó a sus adentros ante las miradas de todos.
La primera vez que advertí su presencia entre nosotros fue cuando Miguel Bermejo, escritor y pintor español, me dijo: vamos a la Zona Colonial a ver unos cuadros de Mastos García. ¿Matos García? ¿De dónde? Y fui. Y allí, una señora norteamericana vendía sus cuadros. Y desde entonces, cada vez que veo una obra suya, me detengo, o mejor, ella me detiene.
Pero ocurre lo que debía ocurrir: cuando dirigía, conjuntamente con Andrés Blanco, el Suplemento Isla Abierta, dedicamos un número a Metamorfosis: conjunto de obras que tienen como motivo central las transformaciones de Gregorio Sansa, personaje universal de Kafka. Justo motivo para su pulso, y, claro, para su mundo, ese mundo suyo habitado por imágenes del cuerpo, del pensamiento igualmente que perviven, en yuxtaposición, con las que admitimos como normales del vivir.
Matos García, hay que subrayar, es un pintor del otro lado: del grotesco que todos llevamos dentro. Ahí radica su visión, ahí se detiene: el pulso de descenso.
Sabemos que el arte se manifiesta en profundas y constantes modificaciones de los elementos cuantitativos de la obra, sea el género que sea, en dos direcciones: hacia arriba, lo bello del instante, y hacia abajo, lo feo del instante igualmente.
Tanto en uno como en otro, el arte responde a las condiciones de la época y, sobre todo, a las condiciones propias del ser humano.
Matos García, por imperativo de sí mismo, escogió el descenso y desde allí testimonia su momento histórico; lo feo y grotesco, el ceño, lo satírico, lo burlesco y sucio, las otras realidades, que complementa el todo: realidades que son cimiento tanto como las que habitan en la superficie de las cotidianidades.
Y que el otro lado de nosotros, en donde mejor nos definimos, pues es ahí donde residen las substancias encontradas. Y es ahí también en donde nos refugiamos.
Nadie sabe, uno frente al otro, lo que piensa uno y lo que piensa el otro. Matos García, si alguna definición lo define, a nuestro entender, es esta: un revelador del otro lado de las condición humana, de nosotros, seres de carnes y pasiones.
Ahora, en la tela o en papel, donde se manifiestan donde se manifiesta estos nudos interiores, caracterizadores esenciales de sus trabajos visuales, veamos: en primer lugar, en la composición íntegra, como debe ser, pues toda obra responde a una estructura cerrada y a un impulso imaginario, condiciones que bien encontramos expresadas en su obra.
Es notaria, por otra parte, que dentro de la composición hay u hecho a resaltar: se trata de la narrativa, de la historia.
Sí, el drama que palpita en cada una de sus obras está sustentado en un relato en que participan personas, sucesos, conflictos, y con ello, el drama en el que prevalece lo grotesco y burlesco, la ironía y el sarcasmo, la risa retorcida y la mueca, el gesto que expulsa lo que adentro se esconde: miedo, terror, angustia, dolores de ancestro, anhelo y deseo, imposibilidades, esperanza también.
En esta composición también se advierte en los trazos y las texturas. De ahí esos amplios trazos, los procurados retorcijones, las contorsiones en los rostros y el cuerpo, en los objetos, en los espacios.
Así, lo que empuja desde adentro se hace visible en el dibujo, en el color, en el blancor y temblor de la superficie que desaparece, precisamente, con la imagen que se crea desde el pulso del pintor. Invención, pues, en la composición.
Lo poético arranca con la disposición, distribución en la tela y el papel de los personajes, animales, objetos. Existe en estas disposiciones, en la mayoría de las obras, una especie de relato por eso, esa forma de dialogo o monólogo que se advierten en ellas.
Su segunda exhibición , titulada Nudos, ratifica y profundiza su mundo visual y más aún, lo fundamenta y, en cierta forma, pone de manifiesto una misma retórica en la que se privilegia lo inadvertido que convive con lo muy habitual y ordinario: y en la que se pone de manifiesto, igualmente, que lo ontológico, lo esencial del ser humano no pertenece a un momento ni a una escuela, vive y palpita en el transcurrir siempre, se oculta a veces, pero está ardiendo ahí en la naturaleza íntima: eso ocurre con el interior humano que sale a la superficie en gestos, formas, distintas y distantes de las formas que el ojo capta habitualmente, interioridades que también es juego, divertimento en lo más pudo de lo trágico.

