Cerca de las 10:00 de la mañana de ayer llegué a casa de Hamlet. Fui a visitarlo por una operación en la mano derecha que lo mantiene con ella inútil. Al rato bajó Dardo y formamos el trío fraterno en una conversación que tuvo de todo.
Al primero lo saludo con el apretón de manos más afectivo. Al segundo, imposible evitar el abrazo y la expresión de un cariño que nació y creció espontáneo, como los sentimientos de verdad que acercan para siempre a los seres humanos.
Hablar con Hamlet es hacerlo de política y libros. No hay escapatoria. Y tratar rasgos del acontecimiento de la guerrilla de 1973 y del coronel Caamaño.
Hablar Dardo, historias de trámites aduaneros y de todo lo demás que puede haber en la vida para conversar. En medio de sonrisas, risas y carcajadas porque él enfrentó su vida con un sentido del humor digno de un filósofo del cinismo y el optimismo.
Todo está malísimo pero así ha estado siempre y no hay otro camino que la mejoría. Aunque se tarde.
Esta mañana hablaba por teléfono con Leticia cuando sonó la otra línea. Interrumpí y la tomé. Con la voz más seca del mundo, Hamlet me disparó la muerte de Dardo. Un infarto. Hace un momento. Quise llamarte para decírtelo. Y colgamos.
Se lo dije a Delfa. Echó una malapalabra resonante y tiró sobre la mesa el periódico que leía. Dolor y rabia. Pero si ayer estaban reunidos ustedes tres, dijo. Después añadió que había muerto como la gente buena, de repente y sin dar tormento a quienes quería y lo querían.
Mientras conversaba con él y con su hermano Hamlet, y horas después, pensé que la vida sería larga para volver a juntarnos y a conversar y a decir sin decirlo que nos teníamos muchísimo cariño y muchísimo respeto entre los tres. (Juan José Ayuso).

