Sobre toda la región del Caribe pende una amenaza, que como espada de Damocles imposibilita un mejor desarrollo económico y social del territorio. Terremotos, ciclones y huracanes se ensañan en contra de la localidad, contándose por miles cada año las víctimas que estos desastres naturales causan en su trayecto.
Claro está, en todo el continente americano hay mucha vulnerabilidad territorial, fragilidad que es consecuencia de los impredecibles fenómenos naturales, los cuales cada año se hacen más letales.
Enmarcado en esa realidad, el Banco Mundial acaba de emitirles un bono a varios países de US$ 1360 millones de dólares, como garantía a protección contra terremotos.
Los países de la Alianza del Pacífico (Chile, Colombia, México y Perú) recibieron ese resguardo como fondo a utilizar en caso de que algún movimiento telúrico ocasione daños, que ojalá nunca ocurra, y que el perjuicio así lo amerite.
Pero, la calamidad persigue al Caribe también, demarcación geopolítica que ha visto aumentar sus penas, debido al cambio climático y al deterioro del Medio Ambiente, males que se han recrudecido, originando destrozos, luto y miseria a su paso por esta región geográfica.
Ante esa insoslayable situación, considero conveniente que el Banco Mundial pondere la posibilidad de emitir igualmente Bonos Catastróficos para El Caribe, pues esta área es mortalmente golpeada por los desbordes naturales, desgracia que destruye a su paso infraestructura, zonas agrícolas, viviendas, y que pone en riesgo de muerte a millones de seres humanos.
Yo voy más lejos aún: creo que el Banco Mundial debe incluir en esos Bonos Catastróficos a Puerto Rico, y que se obvie su status jurídico, pues luego del desastre que ocasionó el asesino huracán María a nuestros hermanos y hermanas boricuas, la mano de la solidaridad debe siempre llegar sin importar su condición estatal.

