Cuando el médico nefrólogo Guillermo Álvarez me recomendó visitar al médico nutriólogo Jimmy Barranco para que me indicara una dieta ajustada a mis problemas renales, se produjo en mi vida un maravilloso acontecimiento: conocí la importancia de la alimentación y los beneficios de una dieta equilibrada.
El doctor Álvarez, con su estilo agradable de hablar, me explicó cómo había conocido a Jimmy en un viaje de estudios a México, narrándome que, además de médico, era un músico virtuoso. Sin embargo, Álvarez no me señaló otra de las cualidades que poseía Jimmy: el don de la escritura, de la cual me enteré el mismo día que acudí a su consultorio en Cedimat.
Al visitarlo, Jimmy me comunicó que estaba preparando un libro de décimas espinelas para explicar a sus alumnos y al pueblo los múltiples mitos y falsas creencias que, acerca de la alimentación, se han ido acumulando a lo largo de la historia, convirtiéndose —presionados por la tradición y el folklore— en hábitos defendidos como verdades irrefutables.
Al preguntarle a Jimmy por qué empleaba la décima espinela en su proyecto literario, me respondió con una amplia sonrisa que la había elegido por su métrica musical y el encabalgamiento de sus diez versos, los cuales permitían la fluidez de las metáforas y las imágenes, facilitando la comprensión textual del lector y del oidor. Al notar mi interés en su libro, Jimmy me solicitó que leyera el texto, al que había titulado provisionalmente Poemario nutricional y así lo hice, recomendándole que para su corrección final lo enviara al poeta Ramón Saba, quien además de cultivar espléndidamente el soneto, era el más avezado estudioso de la décima espinela en el país.
Jimmy hubiese podido decir todo lo que escribió en su poemario utilizando el método y las argumentaciones académicas que emplean en sus cátedras los científicos que —como él— han logrado adquirir sus conocimientos a través de profundos estudios e investigaciones. Pero Jimmy, echando a un lado el discurso clásico, lo expresó auxiliándose de la décima espinela, la cual ha sido la expresión poética por excelencia en Latinoamérica desde que el vihuelista y poeta murciano Vicente Espinel la introdujo en 1591 (el Siglo de Oro español), no sólo por la musicalidad de su composición, sino por su fácil codificación y almacenamiento memorial.
Porque aunque enlazada a la construcción de diez versos octosílabos con rimas consonantes que deben rimar el primero con el cuarto y el quinto, el segundo con el tercero, el sexto con el séptimo y el último, y el octavo con el noveno (a-b-b-a-a-c-c-d-d-c, tal como el poeta Saba expone en el prólogo del poemario), la décima espinela también produce una transformación del lenguaje para presionar la vida, estimulando la percepción de los continuos y convirtiendo en sujeto al narrador y al oidor.
El poemario de Jimmy Barranco ya está en las librerías con el nombre de Espinelas sin espinas, y estoy seguro, segurísimo, de que hará historia. ¡Bravo, Jimmy!

