El doloroso parto de la Luna (2): La Luna, que inicialmente estaba mucho más cerca que ahora, a sólo 180 mil kilómetros, fue responsable de diferentes fenómenos, gracias a las fuerzas de marea que desataba sobre nuestro planeta. Estas fuerzas provocaban fracturas en la corteza terrestre, por las que se proyectaban a la atmósfera los gases y el vapor de agua que darían lugar a la atmósfera primordial bajo la que surgiría la vida a borbotones.
Los océanos que comenzaron a formarse estaban sujetos también a gigantescas mareas (mil veces mayores que las actuales, ya que su intensidad depende del inverso del cubo de la distancia). La erosión provocada por las fracturas en la corteza y el arrastre de estas mareas resultó en una especie de efecto coctelera, mezclando numerosos elementos químicos con el agua de los océanos, y dando lugar a la sopa primordial: la mesa estaba servida, la Tierra se volvería el vergel de los vergeles, maravilla de maravillas del sistema solar.
Concomitantemente, la rotación de la Tierra era cada vez más lenta, al tiempo que la Luna se alejaba cada vez más. El que los días se hicieran más largos atemperó las corrientes de aire en la superficie, haciéndolo más hospitalario para la diseminación de la vida. Durante todo este proceso, La Luna también sufrió los efectos de las fuerzas de marea, y pagó un precio, ya que su rotación se bloqueó gravitatoriamente hasta igualar el periodo de traslación en torno a la Tierra. Por este motivo, la Luna siempre muestra la misma cara hacia nosotros.
Síntesis: la Luna es nuestro ángel de la guarda, ya que sin su presencia la Tierra jamás habría alcanzado su punto de equilibrio, porque la Luna es su ancla, el principal factor de su fecundidad infinita, corresponsable de los 80 millones de especies animales que han vivido en este mundo, 20 millones de los cuales aún florecen ahora, llámense ballenas, elefantes, murciélagos, águilas, pulpos, gusanos, bacterias y seres humanos. De modo que esta noche, en silencio, respetuosamente, dígale: gracias, Luna.

