Opinión

Breve que te quiero breve

Breve que te quiero breve

“Yo puedo imaginar un infinito número de mundos parecidos a la Tierra, con un jardín del Edén en cada uno”. Lo afirmaba Giordano Bruno a finales del siglo XVI. Eso fue suficiente para ser quemado en la hoguera por hereje. En 1585 pudo arreglárselas para imprimir la mayor parte de sus obras. El veneciano Giovanni Moncenigo, que se erigió en su tutor y valedor privado, lo denunció ante la Inquisición que le acusó de herejía. Fue llevado ante las autoridades romanas y encarcelado durante más de ocho años mientras se preparaba un proceso donde se le acusaba de blasfemo.

Tachado de conducta inmoral y de hereje, sus libros hablaban de muchos lugares donde no se conocía a Dios y por eso fue tachado de hijo del demonio. Bruno se negó a retractarse y en consecuencia fue quemado en una pira levantada en Campo dei Fiori el 17 de febrero del año 1600. Poco después, Galileo Galilei fue obligado por la Inquisición a declarar que su teoría heliocéntrica era una hipótesis, la cual no podía demostrar científicamente, que situaba al Sol en el centro de todo, en contra de la creencia que situaba la Tierra como el centro del universo, y por eso casi lo queman.

Pero todo cambia, y la bárbara tiranía de la Inquisición fue desmontada en 1821. En el siglo XIX se erigió una estatua dedicada a Geordino Bruno, en el mismo lugar donde tuvo lugar su martirio, visto hoy como símbolo universal de la libertad de pensamiento. Creía que el universo es infinito, que Dios es el alma del universo y que las cosas materiales no son más que manifestaciones de un único principio infinito. Pero también dijo esto: que el Sol era más grande que la Tierra y que tenía que haber otras formas de vida en el Universo, en planetas parecidos o iguales a nuestro mundo. Su gran frase fue: “tembláis más vosotros al escuchar la verdad que yo al recibir su sentencia”. Y tenía razón. Si no fuese así, la lógica dejaría de tener sentido. Y por eso lo quemaron como lechón al horno.

El Nacional

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