Vendaval de preguntas: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Estamos solos? ¿Quién puede darnos una explicación imparcial y científica de los grandes enigmas del Universo? ¿Por qué hay tantos ovnis y ninguno acaba de manifestarse formalmente? El universo es demasiado grande, ¿Acaso es un obstáculo que nunca podremos remontar? ¿Acaso tan fenomenales distancias tienen un sentido que no entendemos?
¿Somos los únicos que se hacen estas preguntas o acaso hay regimientos de mundos que se afanan, como nosotros, para entrar en contacto? ¿Algún día formaremos parte de una mancomunidad de mundos como hoy domésticamente lo hacemos en las Naciones Unidas? ¿Los agujeros negros distorsionan el tiempo y el espacio, acaso conectando universos como quien ensarta las cuentas de un rosario? ¿Creer en los extraterrestres afecta la creencia en Dios?
A la especie humana le fascinan los enigmas del universo, mientras que para los más entendidos, son simplemente el bello y natural accionar de las leyes de la naturaleza, que, aunque no las conozcamos ni dominemos, no hemos perdido la facultad de admirarlas y sorprendernos ante ellas.
Ninguna prueba es suficiente para el que no cree, y ninguna es necesaria para el que cree. El fanatismo desaforado y el escepticismo extremo se dan cita en un mundo hambriento de la verdad.
Ante el torrente de dudas y misterios, sigamos el consejo de Albert Einstein: lo más importante es no dejar de cuestionar, porque las grandes preguntas vendrán algún día acompañadas de grandes respuestas, aceptando que fenómenos extraordinarios requieren de pruebas extraordinarias, porque, el hecho de que no podamos explicar algo, no significa que no exista, mas lo importante es mantener la sed de saber, el ánimo de averiguarlo. Por ejemplo, si ya se está pensando en nombrar un embajador extraterrestre, algo lo motiva, ¿no creen?

