Las sociedades no son pobres de por sí: las empobrecen los que se enriquecen saqueándolas, envenenándolas, enfermándolas, enajenándolas y negándoles derechos vitales.
Los empobrecidos, material y especialmente, que optan por la delincuencia como medio de vida, no lo hacen porque quieran hacerlo, sino por necesidad de sobrevivir, por efectos de la cultura dominante y negación de valores educativos.
El capitalismo neoliberal ha llevado esto al extremo: precarizando el salario, privatizando servicios sociales, reduciendo el empleo estable, multiplicando el buhonerismo y el chiripeo, y expulsando del consumo a miles de millones de seres humanos.
La cuarta ola tecnológica ha sido usada por el gran capital para suprimir masivamente el trabajo remunerado, multiplicar ganancias, empobrecer a los/as de abajo y del medio, y potenciar la especulación y las prácticas delincuenciales desde el. Estado y las élites sociales.
Los ideólogos de la privatización prometieron aumentar la productividad para aumentar riqueza arriba y derramarla hacia abajo; pero ésta se quedó en el cohollo opulento que solo derrama un empobrecimiento masificado, cada vez más degradado y descompuesto, amenazante y agresivo en tanto en su seno crecen las prácticas delincuenciales de sobrevivencia alimentadas por una dominación mafiosa.
Una loca carrera especulativa, la persistente identificación del éxito con el amasamiento de fortunas fabulosas, el disfrute del lujo y el consumismo banal, arropa las élites empresariales, partidocráticas, militares, policiales y tecnocráticas, y contagia la sociedad. El despojo, el crimen, el saqueo -propios del periodo de la acumulación originaria capitalista- reaparecen en dimensiones colosales.
El gangsterismo político, la narcocorrupción, la expansión del lavado de dinero sucio, se ejercen tanto desde el Estado y sus instituciones civiles y militares, como desde cúpulas empresariales afines, imbuidas de neomalthusianismo frente a la masa creciente de pobreza creada por ellas..
Por eso la llaman población superflua o sobrante, la identifican como sinónimo de delincuencia, le hacen la guerra, la reprimen en nombre de la democracia y se empeñan en exterminarla por múltiples vías, comenzando por expulsarla de las áreas visibles aptas para los grandes negocios inmobiliarios del megacapitalismo.
Estigmatizar, acosar, atropellar, fusilar, extorsionar es tarea de una policía delincuente que dice luchar contra la delincuencia y defender la democracia.
Nada más falaz que ese discurso antidelincuente pronunciado por delincuentes mayores disfrazados y con funciones. ¿Qué otra cosa son Giulliani y sus emprendedores?
Por eso, mientra más conozco al capitalismo, más lo aborrezco.

